Tras años de transformación bajo las vallas de Constituyentes, el Museo Nacional de Energía y Tecnología (MUNET) está a punto de abrir sus puertas, prometiendo no solo un cambio de nombre, sino una metamorfosis total. Ahora, el antiguo MUTEC se presenta como un espacio de clase mundial, dedicado a abordar una de las preguntas más apremiantes del siglo XXI: ¿cómo satisfacer nuestras necesidades energéticas actuales sin comprometer el futuro de las generaciones venideras?
Diseñado por el arquitecto Enrique Norten, galardonado con el premio nacional de arquitectura, el MUNET es en sí mismo un ejemplo de eficiencia en la arquitectura moderna. Juan Rivas Mora, director del fideicomiso del museo, explica que era imposible hablar de un museo de energía sin una estructura innovadora. El edificio integra un sistema sostenible que incluye la gestión del agua mediante un sofisticado mecanismo de captación de lluvia, capaz de almacenar hasta 500,000 litros. Este agua se utiliza para sanitarios o se filtra a pozos de absorción, ayudando a recargar los mantos freáticos de la Ciudad de México.
Además, se ha pensado en el confort térmico; las fachadas están equipadas con dispositivos que minimizan la entrada de rayos solares, mientras que los cristales tienen un aislamiento especial que protege contra la radiación ultravioleta y reduce el ruido, optimizando así el uso del aire acondicionado. Con la instalación de paneles solares, el museo produce el 30% de la energía necesaria para su operación, lo que disminuye su impacto sobre la red eléctrica federal.
En cuanto a la museografía, el MUNET opta por una propuesta de “quinta generación”, priorizando la educación y la inmersión sobre la técnica pura. Desde la entrada, los visitantes interactúan con una unidad de inteligencia artificial que los orienta. En las salas, los conceptos se convierten en juegos interactivos: desde “construir” una central hidroeléctrica hasta experimentar el electromagnetismo a través de una nube que emite sonidos de tormenta. Uno de los sectores más cautivadores es el dedicado a la energía nuclear, que desmitifica su uso utilizando referencias de la cultura pop, como el famoso reactor de “Los Simpson”.
El museo, inspirado por modelos internacionales como el Observatorio Griffith de Los Ángeles, implementará un modelo de negocio mixto para asegurar su sostenibilidad. Esto incluye la comercialización de espacios para eventos sociales y corporativos, cobros de entrada —aunque se prevén tarifas promocionales— y colaboraciones con empresas donantes. Rivas Mora subraya la importancia de estas alianzas, especialmente tras el impacto de la pandemia, que ralentizó las donaciones.
Más allá de ser un centro de exhibición, el MUNET ambiciona convertirse en un catalizador para vocaciones en ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas (STEM). Se han establecido convenios con instituciones de renombre, como el Instituto Politécnico Nacional, y el museo será un lugar de encuentro para debatir los grandes desafíos energéticos, sin tomar posiciones políticas, sino presentando información científica para que los ciudadanos puedan formar sus propios juicios.
Aunque el exterior del museo pudo haber dado la impresión de abandono, Rivas Mora aclara que el interior ha estado en pleno desarrollo. La fase actual involucra pruebas de seguridad para garantizar una experiencia libre de riesgos, como verificaciones de elevadores y protocolos de protección civil.
Los visitantes pueden anticipar una experiencia única en este nuevo espacio. Ubicado en la Av. de los Compositores, en el Bosque de Chapultepec II Sección de la Ciudad de México, el MUNET ofrecerá un acceso base de 320 pesos, con una tarifa promocional de 190 pesos durante su primer año. Se planea establecer un día semanal de acceso gratuito, además de un área dedicada a niños menores de 7 años, donde podrán interactuar con juegos educativos.
La cuenta atrás para la apertura continúa, y aunque la fecha exacta aún no se ha anunciado, el MUNET promete ser una “experiencia total”, que marcará un nuevo rumbo en la divulgación científica en México. “El museo no estaba muerto; estaba renaciendo”, concluye Rivas Mora.
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