Por Lya Gutiérrez Quintanilla
Queridos amigos, hago un paréntesis en mis relatos sobre la historia de Cuernavaca a lo largo del tiempo, para despedir a un gran personaje de esta ciudad.
El pasado miércoles me despertó una voz antes de las ocho de la mañana diciéndome: “El Dr. Jorge Ganem Guerra acaba de fallecer”. Terribles palabras que, aunque ya temíamos su familia y amigos, escucharlas me dejaron desolada. Di las gracias, colgué el teléfono y me quedé un momento en silencio mientras la tristeza me invadía conforme pasaban los minutos.
De vuelta a su consultorio, sigo describiendo: no había un espacio libre que no hablara de Cuernavaca, de México, de todo lo que amaba y era, soñaba con que un día parte de su acervo histórico pudiera estar en el Museo de la Ciudad de Cuernavaca. En vida tuvo el grado más alto, el 9-33 del Rito Nacional Mexicano. Siempre respetuoso de las creencias de amigos y pacientes tuvo en todo momento presente las palabras que su padre, José Ganem Karam, inmigrante de Beirut, Líbano, antes de que Jorge Ganem naciera ya en Cuernavaca, siempre le dijo: “Llegué a esta bendita tierra sin un centavo, hijo. Así es que recuerda siempre que todo lo que tu padre ha hecho se lo debe a México. Nunca lo olvides”. Y ese ejemplo lo aprendió Jorge Ganem, amar a su patria de nacimiento, aunque sus raíces quedaran muy lejos, allende el mar. Tanto que al recibir una herencia familiar en Líbano, pidió se las repartieran entre la familia que quedó allá.
Dermatólogo como una de sus especialidades médicas, llegó sin embargo a ser un gran médico en general. Fundador de la Federación de Colegios y Asociaciones de Profesionistas del Estado; del Colegio de Médicos Cirujanos; primer delegado de la entidad del ISSSTE; Fundador y secretario del Consejo de Población; Director del Centro Estatal de Rehadaptación Social, entre otros. En su consultorio, ni un solo día dejó de atender a pacientes durante la pandemia. “Perdí a mi mejor amigo, Sra. Lya”, me confesó su hijo Edgar, que junto a sus hermanos Laura, Jorge y Laila, los 4 hijos que tuvo con María Antonieta, su primera esposa, convivieron con él.
Al salir cada día de su consultorio, donde su secretaria Adriana lo auxilió durante 10 años, el doctor que hasta los 87 años que vivió, manejó su auto rumbo al hogar que compartió con Elitania, su segunda esposa y con sus dos hijos Lidia y Rafa, a los que recibió de dos y cinco años de edad y a quienes crió y educó como propios, Elitania, igual que él, con el más alto grado el 9-33 del Rito Nacional Mexicano aparte de sus grados en la Orden Rosa-Cruz. Allí, en ese hogar, sus amigos encontramos siempre su puerta abierta a la amistad. Los miércoles nos recibía por la tarde siempre con una sorpresa que nos mostraba con orgullo.
Nos encantaba a todos los presentes, escuchar hablar a Ganem Guerra un día acerca de la Cuadratura del Círculo, otro de la complejidad de la naturaleza humana, otro más acerca de los cuatro orígenes del ser humano que están plasmados en ancestrales monumentos en el mítico Egipto ó de la explicación de la Capilla Sixtina pintada por Miguel Ángel y de lo que cada gesto o posición de los dedos de las manos quería decir, entre otros muchos temas.
Pero también hablaba de la fe, tan necesaria de tenerla en Dios, nos decía, que sin ella no se puede vivir. Era tan fascinante platicar con nuestro gran amigo, era tanta su bondad, su sabiduría y su comprensión acerca de cuánto acontecía políticamente, estaba tan seriamente preocupado por México, que ese pequeño grupo de los miércoles, qué huérfanos nos quedamos sin él, sin sus enseñanzas, sin su bohonomía. Figúrate querido Doctor Ganem, aunque acabas de partir, ya te extrañamos. Se nos fue un gran amigo que hizo de la amistad un monumento.
Y hasta el próximo lunes.
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