En el corazón de la Hacienda La Noria, el Museo Dolores Olmedo ofrece una fascinante exploración de la complejidad del retrato y la identidad a través de dos obras icónicas. Frente al monumental retrato de Dolores Olmedo, pintado por Diego Rivera en 1955, los visitantes son recibidos por una imagen de la mujer vestida de tehuana, portando una canasta de frutas tropicales. La obra irradia una presencia única y poderosa, pero un paso a la izquierda revela un contraste significativo: quince Polaroids ensambladas por David Hockney, fechadas y firmadas el 29 de febrero de 1984 en la Ciudad de México.
El arte de Rivera captura a Olmedo en una sola y definitiva imagen que es, en su esencia, una interpretación personal de cómo quería que el mundo la viera. En cambio, Hockney utiliza su técnica distintiva de ‘joiner’, que fragmenta la imagen en múltiples instantáneas, desafiando la noción de un retrato estático. En su obra, Olmedo no aparece como una única figura, sino como un mosaico de identidades; algunos elementos de su vestuario, como un pocho de colores vibrantes y unos zapatos rojos, contrastan con la complejidad de la realidad que la rodeaba. La obra se convierte así en una representación de las múltiples facetas de Olmedo, invitando al espectador a reconstruir y explorar su esencia más allá de la superficie.
La riqueza del recibidor del museo es esta: un auténtico mapa de la vida de Olmedo. Arte asiático, marfiles, y fotografías con figuras destacadas de su tiempo, así como retratos de distintas manos, incluida la de Hockney. No se trata de una jerarquía que olvida, sino de una acumulación deliberada. Olmedo fue una gran coleccionista, no solo de objetos, sino también de relaciones, construyendo, pieza tras pieza, su propio mito.
Hockney llegó a México en febrero de 1984 para inaugurar “Hockney Paints the Stage” en el Museo Tamayo. Durante su estancia, expresó su preferencia por el Polaroid, afirmando que ninguna fotografía individual podía capturar toda la realidad y que, en cierto modo, la pintura era más auténtica. Este viaje a México marcó un cambio radical en su forma de ver el arte, impulsándolo hacia la fragmentación de perspectivas.
El destino también tuvo un giro inesperado: Hockney encontró inspiración en un patio de un hotel en Acatlán que lo llevó a explorar este nuevo enfoque en su trabajo. En medio de este proceso creativo, el recuerdo de Olmedo se amalgama con la búsqueda artística del pintor. En una coincidente y simbólica cerradura del tiempo, Hockney falleció el 11 de junio de 2026 en Londres, exactamente trece días después de la reapertura del Museo Dolores Olmedo en Xochimilco, que había permanecido cerrado por el sismo de 2017 y la pandemia.
La cercanía de estos dos eventos invita a los curiosos a visitar el museo, que opera de martes a domingo. Allí, en un espacio relativamente compacto, las dos versiones de Dolores Olmedo coexisten: la mirada fija y generosa de Rivera, y la fragmentada, dinámica y en constante presentación de Hockney. El arte, en este contexto, no solo se convierte en testigo, sino también en un espacio de diálogo sobre la identidad y la percepción.
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