Quemarlos no, pero dejar de creer que el sostén es una prenda imprescindible para ir por esta vida sería un gran avance, una liberación física que, quién sabe, tal vez contribuya a liberar también el espíritu. Las mujeres de mi generación, cuando la arrogancia de la juventud nos daba una visión distorsionada de la realidad según la cual ya no había más derechos por conquistar y vivíamos en plena igualdad, nos reíamos de aquellas viejas feministas que en su día quemaron sujetadores en las plazas públicas. Las ridiculizábamos mientras intentábamos encajar en estrechos moldes estéticos, se nos clavaban los aros metálicos en las tiernas carnes en desarrollo y al llegar la noche, frente al espejo, descubríamos en hombros y espalda las marcas de una armadura de tela que creíamos llevar por estética y no el deber moral del que ni éramos conscientes. Resuena otra vez Rosa Luxemburgo: hasta que no te mueves, no oyes el ruido de las cadenas. Hasta que no te quitas el sujetador, no te das cuenta de hasta qué punto es obligatorio llevarlo.
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