Nuestra especie ha sobrevivido y prosperado no por ser más grande, ni más rápida ni más fuerte, sino por ser más inteligente. No hemos evolucionado, como muchos organismos, adaptando el bauplan [el arquetipo corporal] al mundo a medida que cambia; hemos usado nuestras capacidades cognitivas para cambiar el mundo. Lo hacemos porque pensamos que puede ser ventajoso para el cuerpo y para nuestro modo de vida, o porque simplemente puede ser interesante jugar con la naturaleza.
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Ningún otro animal, ni siquiera los primates más cercanos a nosotros, puede tener ideas, como, por ejemplo, construir un rascacielos, encontrar la cura para una enfermedad, componer una ópera o escribir una novela, después describírsela a un colega, planear cómo ejecutarla y, finalmente, llevarla a cabo. El que la cognición humana sea única no significa de ningún modo que seamos mejores o que tengamos más derechos que nuestros antepasados o que los animales con los que actualmente compartimos el planeta. Solo significa que somos diferentes.
Por muy única que sea, la cognición humana emergió a partir de las capacidades cognitivas que poseían nuestros antepasados mamíferos. Para entender el origen de nuestras capacidades cognitivas, primero debemos especificar cuáles son.



