El régimen cubano admite lo que ya muchos sabían: los parques solares no resolverán por sí solos la crisis energética que consume a la isla. Aunque se prevé la construcción de 92 instalaciones fotovoltaicas hasta 2026, ni el sol logra disipar la sombra de los apagones que asfixian a la población.
Geider Mompié Rodríguez, director de la Empresa Eléctrica de Granma, se encargó de atenuar el entusiasmo que generaron estos proyectos. En declaraciones a la prensa estatal, aclaró que incluso con la sincronización total de los parques solares, el sistema energético cubano seguirá dependiendo de una coordinación exhaustiva y un equilibrio frágil. “Un solo parque no resuelve el problema”, dijo, con la claridad de quien ya no puede disfrazar el colapso.
El parque La Sabana, por ejemplo, inaugurado el pasado 21 de marzo en Bayamo, opera con una capacidad de 24 MW, lo que representa apenas el 20% de la demanda diurna en Granma. Un porcentaje ínfimo para un territorio que, al mediodía, puede consumir entre 100 y 120 MW. Pero no es solo una cuestión de cantidad: el sistema de almacenamiento apenas representa un 10% del total requerido. Las baterías adquiridas no están diseñadas para sostener el suministro, sino para estabilizar la frecuencia cuando un parque se interrumpe. Son, en esencia, un parche momentáneo sobre una herida abierta desde hace décadas.
La noticia se viralizó en Facebook, donde los comentarios no tardaron en traducir el cansancio colectivo. “Seguimos a ritmo de conga y sin tumbadora”, ironizó un usuario, en alusión al vaivén de apagones interminables. Otros fueron más duros: “Desde que se instalaron ocho parques todo ha ido de mal en peor”, sentenció uno, mientras otro sugirió que toda la energía estaba siendo redirigida a La Habana: “Porque todos los MW son para allá”.
La población, harta de promesas rotas, comienza a ver con recelo cada acto de inauguración, cada cinta cortada con solemnidad estatal. Porque mientras una comitiva posa sonriente para las cámaras frente a paneles relucientes, a pocos metros de distancia hay niños durmiendo entre velas y ancianos aguantando el calor sin ventilador.
Los cubanos ya no necesitan que les expliquen el problema técnico, lo viven en carne propia. Y lo entienden mejor que cualquier funcionario con guayabera: la energía no fluye porque el sistema está diseñado para concentrarla, no para distribuirla. No es solo un fallo de ingeniería, es una lógica de poder. La Habana brilla, mientras el oriente del país se apaga.
La falta de transparencia, además, enturbia aún más el panorama. Las cifras oficiales no cuadran con lo que se vive en la calle. Se anuncian avances, pero los apagones se alargan. Se jura eficiencia, pero la realidad parece orquestada para castigar al ciudadano común. Las termoeléctricas están obsoletas, los mantenimientos se postergan, y cuando colapsan –como ha sucedido en varias ocasiones– el silencio del Estado es más ruidoso que cualquier explicación.
Incluso cuando las soluciones llegan desde fuera, como el respaldo tecnológico de China, se topan con el mismo muro: falta de planificación, carencia de inversión estructural, decisiones centralizadas que responden más a intereses políticos que a necesidades energéticas. Cuba importa paneles solares, pero no invierte en autonomía energética para las regiones. Instala tecnología de punta, pero carece de baterías suficientes. Promete transición verde, pero sigue atada al petróleo.
Y en ese círculo vicioso, los cubanos siguen pagando la factura de un modelo que no les permite encender ni una bombilla durante la noche.
Tal vez el sol brille sobre Cuba. Tal vez los paneles se multipliquen y los megawatts se acumulen en los informes oficiales. Pero mientras no haya una reforma profunda del sistema, mientras el acceso a la energía siga siendo una herramienta de control y no un derecho básico, la isla seguirá a oscuras.
No por falta de sol, sino por exceso de sombra.
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