A pocas horas de cerrar el año 2025, México y el mundo han enfrentado desastres naturales que han puesto a prueba su resiliencia. A continuación, se presentan siete acontecimientos que han dejado huella en la historia reciente.
En el Océano Pacífico, el huracán Erick se formó en junio y tocó tierra el 19 de ese mes en Pinotepa Nacional, Oaxaca. Su paso dejó a su paso inundaciones y deslaves que afectaron gravemente las comunidades afromexicanas en la Costa Chica de Oaxaca y Guerrero.
Posteriormente, el 28 de septiembre, la Ciudad de México enfrentó lluvias históricas que desataron inundaciones severas en localidades como Iztapalapa, Tláhuac y Venustiano Carranza. Estas precipitaciones, que duraron más de dos horas y media, causaron la suspensión de servicios de transporte público y colapsaron la circulación en importantes vías como la Calzada Ignacio Zaragoza.
Ya en octubre, la primera quincena estuvo marcada por los ciclones tropicales Raymond y Priscilla, que provocaron lluvias intensas en seis estados, incluyendo Veracruz y Puebla, dejando un saldo trágico de 65 muertos y decenas de desaparecidos. Mientras tanto, Chiapas también sufrió los estragos climáticos, con ríos desbordados que afectaron a más de 230 familias en noviembre. A pesar de estas adversidades, las lluvias lograron mitigar la sequía que golpeaba al país, reabasteciendo presas y disminuyendo los incendios forestales reportados.
En el ámbito internacional, Los Ángeles, California, comenzó el año en medio de devastadores incendios que se controlaron recién a finales de enero, resultando en más de 400 víctimas fatales y daños materiales incalculables. A mediados de año, una ola de calor provocó incendios que obligaron a cerrar la zona norte del Gran Cañón, una atracción turística emblemática.
El huracán Melissa también tuvo un impacto significativo en el Caribe, dejando a Haití inundado, destruyendo Jamaica y causando aislamiento en Cuba. Se estima que los daños económicos en la región oscilaron entre los 48,000 y 52,000 millones de dólares.
El 28 de marzo se produjo un terremoto de magnitud 7.7 en Birmania, que ocasionó la trágica pérdida de 3,100 vidas y dejó a 17 millones de personas afectadas. Las viviendas destruidas o dañadas superaron las 21,000, mientras que miles más quedaron heridas.
Más tarde, el 31 de agosto, un sismo de magnitud 6.0 sacudió Afganistán, con un saldo de 2,205 fallecidos y 3,640 heridos. La mayoría de las víctimas eran mujeres y niños, lo que intensificó el dolor y la pérdida en la comunidad.
Cerrando el año, intensas tormentas y el monzón azotaron a Indonesia, Malasia, Tailandia y Sri Lanka en diciembre, dejando un saldo devastador de más de 1,500 muertos. En Indonesia, los deslizamientos de tierra y las inundaciones afectaron a las provincias de Sumatra, ocasionando la pérdida de 1,003 vidas y más de 5,400 personas heridas.
Este recuento de desastres revela la fragilidad frente a la fuerza de la naturaleza, a la vez que pone de relieve la capacidad de respuesta y adaptación de las comunidades ante tales eventualidades. Las enseñanzas adquiridas deberán guiar las acciones futuras para mitigar los efectos de estos fenómenos climáticos en un mundo que se enfrenta a numerosos retos ambientales.
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