Apodado El Ratón, Ovidio es el más joven de los cuatro hermanos más buscados en Washington. Nació en 1990 en Culiacán y creció, en la colonia Jardines del Pedregal de Ciudad de México, barrio de alto postín, como si los muchachos de Sito Miñanco hubieran crecido en La Moraleja madrileña, o los de Pablo Escobar en el bogotano Rosales. Ovidio Guzmán vivió desde la capital los últimos años del PRI en el poder y los primeros del Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos. Eran momentos en que la vida en México estaba cambiando para siempre.
En ese entonces, mediados de la década de 1990, El Chapo cumplía su primera condena: 20 años por cohecho y asociación delictuosa, delitos vinculados al asesinato del cardenal Jesús Posadas, en Guadalajara, en 1993. Mientras su padre vivía en prisión, el pequeño Ovidio iba a un colegio de los Legionarios de Cristo en la capital. Un taxista lo llevaba todos los días. Pero su futuro de abogado o ingeniero no acabó de concretarse. A principios de siglo, un preadolescente Ovidio volvía a Culiacán, al mismo tiempo que su padre lograba lo nunca visto, fugarse de una cárcel de máxima seguridad.
Ya de vuelta en Sinaloa, la familia se impuso. Las autoridades estadounidenses aseguran que El Ratón fue un narco precoz. En la ficha del Departamento de Estado señalan que heredó el negocio de su hermano mayor, Edgar, asesinado en un supermercado, en Culiacán, en 2008. Cuando esto ocurrió, el muchacho tenía 18 años. “Ovidio y su hermano Joaquín empezaron a invertir grandes cantidades de dinero en comprar marihuana en México y cocaína en Colombia. Empezaron a importar igualmente efedrina de Argentina para iniciarse en la producción de metanfetamina”, dice la ficha.
La primera generación de traficantes sinaloenses que nace en la opulencia
La violencia provocada el jueves en Culiacán fue la segunda vez en poco más de tres años en que Los Chapitos ponían patas arriba la ciudad. El 17 de octubre de 2019, un grupo de élite del Ejército trató de detener a Guzmán López en su casa, en el centro de la capital sinaloense, no muy lejos de donde 11 años antes había caído su hermano Edgar. El intento fracasó. Los Chapitos salieron en masa a las calles. Quemaron coches, camiones y tráileres, bloquearon avenidas y carreteras, igual que este jueves. Solo que entonces, todo ocurrió a la hora de comer. Los niños salían de las escuelas mientras jaurías de sicarios paseaban sus fusiles por las calles.
Fue el primer culiacanazo, ejemplo perfecto del tipo de neologismos que se usan en México para describir situaciones tan extrañas como posibles. En el catálogo de imágenes inverosímiles que dejó aquel día destacan sin duda los vídeos en que Ovidio Guzmán, teléfono en mano, retenido por militares en la puerta de su casa, pide a sus secuaces que se detengan: “¡Ya paren todo, oigan, ya me entregué!”. Pero no pararon. Fue tal el caos que el presidente, Andrés Manuel López Obrador, ordenó soltar al supuesto criminal, que ha seguido libre hasta ahora.
La diferencia con su padre
Perseguido, El Chapo siempre huyó. Cuando lo detuvieron por primera vez estaba escondido en Guatemala. Antes de la segunda, logró escapar por un túnel debajo de una bañera. En la tercera —tras su segunda fuga— intentó pasar desapercibido en un motel en la playa. Ovidio no. Él, su hermano Joaquín y los suyos se han enfrentado con armamento de alto poder a los militares y no han dudado en disparar incluso a aviones del Ejército, como este jueves.
“Esta es la primera generación de traficantes sinaloenses que nace en la opulencia”, apunta Alejandro Hope, analista en temas de seguridad, exfuncionario de los servicios de inteligencia del Estado. “Es decir, Ovidio vivía en El Pedregal… O sea, él se mete al narco por decisión. Ya no existe el imperativo económico que alimentó a sus padres. El tipo pudo ser ingeniero, arquitecto, lo que sea, pero no”.
Hope argumenta que parte de la actitud de confrontación de Los Chapitos se debe a “la recompensa psicológica de la violencia y la impunidad. Formar parte de una leyenda, de esta cultura, los corridos”, defiende. “En ese contexto, ellos se generan sus propias recompensas, más allá de la meramente económica”.
Para Benjamin Smith, la violencia que han demostrado los muchachos de Ovidio en los dos culiacanazos es “performativa”, una especia de show. “No es un grupo paramilitar que amenaza la integridad del Estado. No sé, no quiero subestimar el sentido de temor de los sinaloenses, pero no me parece que hicieran tanto”, argumenta. Al final, dice, muchos de los que salieron a generar caos eran muchachos jóvenes. “Solemos subestimar la capacidad de los sicarios para drogarse”, zanja, irónico.
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