A pesar de los notables avances en la reducción de emisiones contaminantes en las últimas décadas, el ozono troposférico sigue siendo un desafío crítico para la calidad del aire a nivel mundial. Este contaminante no solo afecta la salud de las personas, sino que también tiene repercusiones en los ecosistemas y en el cambio climático. Esta cuestión fue el eje central del seminario sobre ozono troposférico organizado por la Comisión Ambiental de la Megalópolis, el Instituto Nacional de Ecología y Cambio Climático, y WRI México, donde expertos de América, Asia y Europa compartieron información valiosa sobre este fenómeno.
El ozono troposférico, a diferencia de lo que algunos pueden pensar, no es solo un episodio de mala calidad del aire; se forma a través de complejas reacciones químicas impulsadas por la radiación solar. Su persistencia se ve afectada por factores como las condiciones meteorológicas, el transporte de contaminantes y los cambios en la atmósfera. Los expertos señalaron que este contaminante agrava enfermedades respiratorias y cardiovasculares, y se asocia con hospitalizaciones y muertes prematuras. Por este motivo, enfatizaron que el problema debe ser abordado con una estrategia integral que abarque salud pública, protección ambiental y medidas climáticas efectivas.
Durante el seminario, Germán Ruíz, director general de Fomento y Desempeño Urbano Ambiental de la Semarnat, subrayó que México está comprometido con una política ambiental fundamentada en la ciencia y la cooperación internacional. Destacó que mejorar la calidad del aire no solo protege la salud de la población, sino que también contribuye a la resiliencia climática y promueve el bienestar social.
Uno de los lugares más afectados por el ozono es la Zona Metropolitana del Valle de México, donde residen más de 22 millones de personas. Según Víctor Hugo Páramo, coordinador ejecutivo de la Comisión Ambiental de la Megalópolis, esta región ha luchado durante décadas contra el ozono, especialmente después de la crisis ambiental de finales de los años 80, lo que llevó a la creación de programas como Proaire, actualmente en su quinta edición para el periodo 2021-2030.
Un hallazgo clave del seminario es que no existe una solución única para reducir los niveles de ozono troposférico. Especialistas de distintos países expusieron la importancia de fortalecer el monitoreo, mejorar la regulación y adaptar las estrategias a las especificidades de cada región. Se destacó que, para controlar el ozono, es fundamental reducir sus precursores: los compuestos orgánicos volátiles y los óxidos de nitrógeno, que son responsables de su formación.
Desde una perspectiva global, la investigadora Pallavi Pant del Instituto de Impactos en Salud advirtió que se estima que en 2023 alrededor de 470,000 muertes prematuras están asociadas a la presencia de ozono en el aire, siendo el 90% de estas en países de ingresos bajos y medios.
Una conclusión fundamental del encuentro fue la necesidad de fortalecimiento en la cooperación entre gobiernos, academia, organismos internacionales y la sociedad civil. Compartir conocimiento científico y desarrollar políticas públicas basadas en evidencia son acciones esenciales para avanzar hacia ciudades más saludables y resilientes, protegiendo al mismo tiempo la salud de la población y los ecosistemas frente a los efectos del calentamiento global.
Esta información resuena con claridad en un contexto donde la salud pública, la protección del medio ambiente y la acción climática se vuelven cada vez más cruciales en un mundo que enfrenta retos ambientales significativos. Es un recordatorio de que, aunque hemos avanzado, aún queda mucho por hacer.
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