La frustración con las tecnologías actuales no es un fenómeno aislado; muchos usuarios han experimentado la decepción de herramientas que alguna vez fueron útiles y que ahora parecen complicadas e ineficaces. Las quejas sobre plataformas como Microsoft OneDrive son comunes; su insistencia para guardar documentos en la nube ha llevado a una sensación de pérdida de control sobre nuestros archivos. Muchos optan por desinstalar estas aplicaciones en busca de alternativas más amigables, pero esto puede llevar a problemas adicionales como constantes fallos de software.
Este descontento es parte de un concepto que ha resonado con creciente fuerza en la cultura digital: la “enshittificación”. Este término, popularizado por Cory Doctorow, captura la percepción de que nuestras herramientas digitales no solo están fallando, sino que están fluyendo hacia una calidad cada vez menor. En su libro, Doctorow explica cómo las grandes corporaciones tecnológicas priorizan el beneficio a corto plazo, llevando a una “colapso repentino de plataformas” que afecta profundamente nuestras interacciones con la tecnología.
La descripción de esta “enshittificación” no solo es un diagnóstico de problemas tecnológicos, sino una crítica a un sistema que ha permitido que unas pocas empresas controlen inmensas industrias. Actualmente, constatamos que el ecosistema digital está dominado por un puñado de grandes compañías que, sin competencia efectiva, pueden deteriorar la calidad de sus productos sin repercusiones. Hoy en día, la concentración del mercado ha llegado a niveles alarmantes: hay solo cinco grandes editoriales, cuatro estudios, y dos empresas que dominan las aplicaciones, lo que limita nuestras opciones y sugiere un panorama sombrío para el futuro.
La problemática se ha extendido más allá de la tecnología digital. Ejemplos como el aumento de tarifas por aplicaciones de cocina o el espionaje de datos en vehículos demuestran cómo la “enshittificación” afecta productos que antes parecían ajenos a la controversia digital. Este fenómeno no es solo una cuestión de usuarios insatisfechos; es un reflejo de un sistema capitalista que prioriza el lucro inmediato a expensas de la calidad y la ética.
Sin embargo, más allá del diagnóstico, Doctorow también sugiere un camino hacia la recuperación: la “disenshittificación”. Esto implica la implementación de regulaciones más estrictas, leyes de derecho a reparar y organización sindical. Aunque muchos podrían ver estos cambios como ideales difíciles de alcanzar, Doctorow invita a considerar que es posible construir un sistema digital que funcione para todos, no solo para unos pocos.
La discusión sobre la relación que tenemos con nuestros dispositivos se complementa con el trabajo de Stephen Monteiro, quien explora las interacciones afectivas entre los usuarios y sus tecnologías. Su análisis de cómo estos objetos han llegado a ser casi como miembros de la familia refleja una realidad contemporánea: nuestra dependencia de ellos va más allá de su funcionalidad básica.
Ambas obras son esenciales para entender la compleja relación entre tecnología y sociedad en un momento en que las promesas de innovación parecen haberse desvanecido. A medida que navegamos este paisaje en constante cambio, es crucial permanecer alerta y cuestionar cómo estas herramientas están diseñadas para servirnos, o si, en cambio, estamos a merced de sus diseñadores.
La comprensión y crítica de esta realidad tecnológica se torna más relevante a partir de 2026, destacando la necesidad de un cambio estructural para evitar que sigamos atrapados en un sistema que, mientras más avanza, más nos aliena.
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