En las últimas semanas, ha surgido un debate relevante sobre el uso de pantallas entre niñas, niños y adolescentes en el entorno escolar. A medida que la tecnología avanza, también lo hacen las preocupaciones relacionadas con su uso, especialmente cuando esta exposición comienza a una edad temprana y se prolonga en el tiempo. Diversos estudios evidencian los riesgos asociados: ansiedad, depresión, dismorfia corporal, dificultad para concentrarse y problemas de sueño son solo algunos de los efectos documentados.
Sin embargo, a pesar de estos riesgos, muchas familias continúan permitiendo que sus hijos pasen horas frente a pantallas. Este fenómeno merece un análisis más profundo, que vaya más allá de la simple regulación del uso de dispositivos en las escuelas. La realidad es que muchas familias enfrentan la cruda dificultad de encontrar alternativas para el cuidado de sus hijos.
Un estudio reciente de iADDICT revela que existe una clara conexión entre la escasez de tiempo y recursos disponibles para los padres y el aumento en las horas que los niños pasan usando dispositivos. A medida que factores de estrés diario aumentan, también lo hace la tendencia a utilizar las pantallas como una solución rápida para entretener a las infancias. Esto significa que a menor disposición de tiempo y recursos, mayor es el número de horas que los niños pasan “scrolleando” en redes sociales o viendo videos.
Lo alarmante de esta situación es el cambio en las dinámicas de cuidado familiar. Históricamente, la responsabilidad del cuidado recae en las madres, quienes a menudo deben combinar múltiples tareas, desde el trabajo hasta el hogar. Así, las pantallas se convierten en una opción accesible para calmar o entretener a los más pequeños.
Estamos ante un contexto donde conciliar el trabajo y el cuidado de los hijos se ha vuelto un verdadero desafío. Con los casi 60 días de vacaciones escolares en contraste con los apenas 12 días de licencia que tienen los trabajadores a partir del primer año, las familias se ven enfrentadas a un “Tetris” de horarios que resulta inmanejable. Ante esta realidad, las pantallas se han transformado en un recurso al que muchos recurren por necesidad.
Aunque se están tomando acciones significativas, como la reciente Ley del Sistema de Cuidados en la Ciudad de México, la verdad es que muchas familias aún luchan para equilibrar la crianza con otras responsabilidades. Este entorno ha llevado a que el tiempo frente a la pantalla se institucionalice como parte normal de la infancia actual.
La reducción de la exposición de los niños a pantallas es un objetivo que requiere cambios tanto individuales como sociales. Se necesita un sistema de cuidados que no solo sea claro y efectivo, sino también accesible, que dé soporte a las familias en esta difícil tarea. La carencia de redes de apoyo y la presión laboral del día a día han obligado a las familias a encender una pantalla para silenciar el clamor de sus hijos, generando un círculo vicioso que resulta perjudicial a largo plazo.
Las familias necesitan alternativas que no impliquen el uso de tecnología y que permitan una crianza más integral y saludable. La respuesta a cómo enfrentar este dilema no es sencilla, pero resulta imprescindible que la discusión sobre el uso de pantallas y el cuidado infantil se amplíe más allá de las aulas, buscando soluciones que beneficien a todas las partes involucradas.
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