El legado familiar se extiende como una larga serpiente sobre las arrugadas líneas de los mapas del pasado, donde lo antiguo sorprende y lo evidente rompe la monotonía. Así es como descubrí un día mientras revisaba los anales de mi estirpe, un linaje marcado por la reacción y el patriotismo. Aquí se encuentran los generales, quienes han batallado en distintos rincones del mundo, desde Renania hasta Zacatecas, formando un conjunto de guerreros, ingenieros y médicos de carrera militar.
Mi padre, quien se destacó como capitán durante toda su vida, alcanzó el rango de mayor al retirarse. La historia se remonta aún más, con un tatarabuelo materno que comanda las tropas porfiristas y otro que dirigió la fuerza aérea alemana antes de que el nazismo transformara su legado en uno de muerte y destrucción. Recuerdo vívidamente un momento en que mencioné a este antepasado en una conversación con amigos italianos de ideología opuesta, quienes me respondieron con burlas merecidas.
Este relato familiar se vincula a eventos históricos de larga data, desde las campañas de Barbarroja en Italia hasta las batallas contra Saladino. La leyenda de mi primer antepasado, armada caballero por su ferocidad, se traduce en un apodo que hace eco de su temperamento. Sus descendientes, a su vez, participaron en la construcción de la catedral de Colonia, con evidencia aún presente en su estructura.
Con el correr de los años, la historia de mis ancestros se entrelazó en diversas contiendas. En el siglo XIX, tanto los renanos como los zacatecanos combatieron a las fuerzas francesas en ambos lados del Atlántico, destacándose el joven tatarabuelo Manuel González Cosío, quien fue detenido en París durante la intervención y perfeccionó su francés en el proceso.
Un hito significativo fue la contribución de Fabian von Bellingshausen, quien, al servicio del zar, logró ser el primero en cruzar el Círculo Polar Antártico en 1820, además de ser un destacado gobernador y autor de obras memorables.
La relevante contribución de mi familia al ámbito militar se refleja en la Marcha de Zacatecas, compuesta por Genaro Codina, tío materno de mi tatarabuela. Otro tatarabuelo, Mariano López, se casó con una descendiente de una familia que luchó contra el Segundo Imperio, conformando una historia rica en batallas y determinación.
Sin embargo, las glorias marciales de mis ancestros fueron desvaneciéndose en el primer cuarto del siglo XX. Con la Revolución Mexicana y la Primera Guerra Mundial, la historia transformó a muchos, incluidos personajes como don Porfirio, el káiser Guillermo II y el mariscal Von Hindenburg. Aunque continuaron existiendo soldados, desaparecieron los generales y con ellos, las insignias y las ceremonias de antaño.
El rastro de mis antepasados alemanes se pierde antes del ascenso del Tercer Reich, mientras que los mexicanos que emergían después de la Revolución tomaron rumbos pacíficos, convirtiéndose en ingenieros y médicos. Mi propio servicio militar fue realizado de forma renuente, con el descuido que permitía jugar al fútbol y evitar la disciplina de un uniforme rígido.
Crecí a pocas calles de la avenidas que llevan el nombre de Ejército Nacional, donde he vivido experiencias que me conectan con la historia. La fecha del 2 de octubre de 1968 es relevante para mí; aquella jornada trajo consigo tanques y un eco que persiste en la memoria. Mis abuelos residieron en esa área, y más tarde, la Cruz Roja Mexicana, fundada por mi bisabuela Luz, se estableció en Polanco con el propósito de atender al Ejército Nacional.
Un eco de esta dualidad lo viví en Chiapas durante el levantamiento zapatista de 1994, cuando la Cruz Roja actuó como una extensión del Ejército federal. Durante esos años, mi director, Carlos Payán, expresó que éramos “objetivo” de inteligencia militar, obligándonos a interactuar con los altos mandos en situaciones tensas.
A la edad de seis años, también tuve un rol en esta narrativa familiar. Acompañando a mi padre en sus ejercicios militares, recibí la distinción de “Jefe de Estado Menor”, el más alto cargo de mi carrera militar infantil. Conservo con cariño la credencial que mi padre diseñó, un legado de aquellos días compartidos.
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