Entre el revuelo de más de 300 personas, la emoción se palpita en el aire en el penúltimo ensayo general de La Pasión de Cristo en Iztapalapa, la alcaldía más poblada del oriente de Ciudad de México. El bullicio es intenso, con trompetas resonando y voces que buscan hacerse escuchar en medio de la multitud. Una mujer, con la voz entrecortada, intenta agradecer y, tras varios intentos por ser escuchada, finalmente un hombre pide silencio. “Les deseo mucha paz. Esta celebración ha crecido y la queremos mucho”, expresa, para que inmediatamente todos reciten en unísono el Padre Nuestro y el Ave María. Al terminar, devotos se acercan a besar una gran cruz de madera, símbolo del próximo viacrucis, donde Arnulfo Eduardo Morales Galicia ostentará el papel de Cristo en 2026. Esta será una celebración especial, ya que por primera vez lleva la distinción de ser Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad de la UNESCO.
La Semana Santa en Iztapalapa es un fenómeno que trasciende generaciones. Aunque a lo largo de la semana hay diversas representaciones, es el Viernes Santo cuando la celebración alcanza su punto culminante. La procesión, que puede durar entre cuatro y seis horas, comienza en la Macroplaza del Barrio San Lucas, serpenteando a través de los ocho barrios, y concluye con la Crucifixión en el Cerro de la Estrella. Desde temprano, las calles se convierten en un laberinto de fervor, donde la multitud se agolpa para seguir cada paso del Cristo representado. Las reacciones son intensas; hay llantos, empujones y gritos, todos defendiendo a su figura central, deseando cambiar el curso de la historia sagrada.
La tradición de Iztapalapa, que comenzó en 1687, se originó en agradecimiento por un milagro. Cuando una esfinge funeraria quedó varada en el camino hacia Ciudad de México, los transportadores vieron su peso aumentar misteriosamente. Los pobladores interpretaron esto como una señal divina, construyendo una ermita en su honor, lo que eventualmente llevó al surgimiento de las procesiones de Semana Santa. Con el tiempo, dicha tradición ha seguido evolucionando y ha sido reconocida no solo por su importancia cultural, sino también por el significado espiritual que tiene para la comunidad.
Durante los ensayos, los actores recrean pasajes bíblicos como la tentación de Cristo en el desierto. Los espectadores, en silencio, se sumergen en la representación: el Diablo, a viva voz, ofrece a Jesús los reinos del mundo, pero él, con serenidad, rechaza la tentación. La intensidad de las actuaciones provoca emociones profundas en el público, como llantos en las escenas más duras. Joaquín Rueda, vicepresidente del Comité Organizador, comparte que el impacto es real; la pasión del evento se siente en cada rincón.
La Casa de los Ensayos, un espacio emblemático que surgió en la década de 1940, se ha convertido en el corazón de la práctica. Las hermanas Cano Reyes, herederas de este legado, sienten orgullo al ver cómo su hogar se llena de vida. La estructura tiene un amplio patio donde los actores se preparan, mientras el sonido de las trompetas resuena, llenando el espacio con su vigor.
En la cocina, un grupo de 20 personas toma un respiro. Con risas y cantos, celebran la familia y la comunidad que representa esta tradición, mientras comparten un pastel en honor a Arnulfo Morales y otros participantes. Este sentido de comunidad es crucial, como sostiene Luis Alberto Guzmán, secretario del Comité: “Tratamos de fomentar un espíritu de hermandad, porque es el mensaje que transmitimos al público”.
Para quienes representan a Cristo, hay requisitos estrictos: ser nativo de uno de los ocho barrios, tener 18 años, ser católico, medir al menos 1.75 metros, y no tener tatuajes ni hijos. Miriam Sandoval García, emocionada por ser la primera mujer en narrar la transmisión en vivo, recuerda cómo ha seguido el evento desde su infancia. Gerardo Granados, quien interpretó a Jesús hace años, vuelve a unirse a la tradición, ahora en un nuevo rol.
A medida que las generaciones pasan, la esencia de La Pasión de Cristo perdura, uniendo a la comunidad en un mismo objetivo: mantener viva esta tradición que ha cruzado fronteras y que, con su reciente reconocimiento por la UNESCO, se siente más fuerte que nunca. En Iztapalapa, la historia se sigue escribiendo con cada acto, cada lágrima y cada risa, un testimonio del profundo lazo cultural y espiritual que une a sus habitantes en estos días de conmemoración.
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