El arte, en su esencia más pura, se presenta como una herramienta lúdica, un catalizador del pensamiento crítico y un puente para la expresión emocional. Sin embargo, su valor real parece ser desestimado por las instituciones públicas, que lo relegan a la categoría de un lujo para unos pocos. A lo largo de las últimas administraciones, se ha difundido una narrativa que asocia el arte con elitismo, ignorando su capacidad transformadora y su papel en la cohesión comunitaria.
El renombrado crítico de arte John Berger, una voz influyente en el ámbito contemporáneo, señalaba que el arte no solo sirve para plasmar belleza, sino que también actúa como un espejo social, desafiando estructuras de poder y recordando el sufrimiento del pasado. En este contexto, la labor de Claudia Gómez Haro se erige como un modelo paradigmático. No solo se preocupó por la estética, sino que reconoció en el arte un potencial para la identificación colectiva.
En la década de 1990, Claudia y un grupo de visionarias se encontraron frente a la inminente venta de una histórica casona en Álvaro Obregón. En colaboración con el dueño, impulsaron un proyecto que resultaría en la creación de Casa Lamm, un espacio cultural emblemático. Este esfuerzo no se limitó a la mera preservación, sino que buscó reformular la concepción de la historia del arte en el país, alejándose del superficial glamour que tradicionalmente lo acompañaba.
Los egresados de estudios en historia del arte han enfrentado durante años un panorama laboral restringido, donde las oportunidades se limitan comúnmente a la academia o a la investigación. Sin embargo, las pioneras involucradas en Casa Lamm realizaron un estudio de mercado que reveló la falta de presencia de historiadores de arte en sectores donde realmente se necesitaban, ocupadas en muchos casos por autodidactas.
Un punto crucial de este proyecto fue su naturaleza sin fines de lucro, lo que les permitió operar con independencia del mercado sin sacrificar su misión cultural. Casa Lamm promovió la creación artística, facilitando la exhibición y venta de obras sin las altas comisiones que suelen imponer las galerías tradicionales. Entre sus logros, destaca la digitalización de las obras de Manuel Álvarez Bravo y la recuperación de la biblioteca de arte más importante del país.
Claudia no solo fue una académica y periodista talentosa, sino una gestora cultural que estableció importantes vínculos con las nuevas generaciones. Su colaboración con jóvenes artistas se tradujo en oportunidades valiosas que a menudo escapan de los circuitos institucionales establecidos. Así, su trabajo resaltó la importancia de alternativas culturales como la Galería Tianguis Neza y Casa Eter, que florecieron a pesar de la escasa inversión pública en cultura en su localidad.
Uno de los legados de Claudia fue su lucha constante contra el prejuicio que encasilla el arte y la cultura como actividades solo para las élites. Ella entendía que el arte va más allá de lo visual; es una forma de conexión humana que permite la reflexión y el reconocimiento. Como bien decía Berger, nuestra relación con el arte es una danza activa, un intercambio que constantemente transforma nuestra percepción del mundo y de nosotros mismos. Su ausencia dejará un vacío significativo en el ámbito cultural, pero su legado perdurará en aquellos que continúan su misión.
Gracias por leer Columna Digital, puedes seguirnos en Facebook, Twitter, Instagram o visitar nuestra página oficial. No olvides comentar sobre este articulo directamente en la parte inferior de esta página, tu comentario es muy importante para nuestra área de redacción y nuestros lectores.


