Un reciente estudio realizado por la Universidad de Michigan ha lanzado luz sobre la conexión entre un pigmento presente en la remolacha, conocido como betalaína, y la capacidad de adaptación de algunas plantas con flores a ambientes áridos. Esta investigación, que fue publicada el 6 de septiembre de 2026 en la revista New Phytologist, se centra en el grupo botánico Caryophyllales, que incluye aproximadamente 4,500 especies con notables habilidades para sobrevivir en condiciones de sequía.
El estudio sostiene que la betalaína podría haber proporcionado una base biológica fundamental para que diversas plantas colonizaran zonas áridas, facilitando así el desarrollo de características que mejoran la supervivencia en entornos hostiles. En el marco de esta investigación, el equipo liderado por Tom Carruthers, quien realizó su posdoctorado en la Universidad de Miami y actualmente trabaja en el University College Dublin, construyó un árbol evolutivo que incorpora tanto especies actuales como fósiles.
Los investigadores clasificaron las plantas según tres variables: si producía betalaínas, si eran suculentas, y si toleraban el estrés hídrico. Esta clasificación dio como resultado un hallazgo revelador: existe una relación estrecha entre la evolución de este pigmento y la tolerancia a la sequía. Carruthers destacó que “la evolución de las betalaínas en las Caryophyllales está estrechamente relacionada con la tolerancia a la sequía”, sugiriendo que la pigmentación podría aumentar en linajes con esta capacidad adaptativa.
Uno de los puntos centrales de la investigación es la idea de que la betalaína podría haber actuado como un precursor en la evolución de la suculencia, un rasgo que se manifiesta a través de hojas o tallos carnosos capaces de almacenar agua, característicos de muchas plantas adaptadas a climas secos. Carruthers anotó que “la suculencia es una adaptación costosa en la mayoría de los casos”, por lo que es probable que esta pigmentación facilitara la colonización de condiciones secas, antecediendo el desarrollo de suculentas en el grupo botánico.
Además, el estudio subraya que la betalaína no surgió en una sola ocasión, sino que evolucionó de manera independiente en diversas especies a lo largo de la historia de las Caryophyllales, un hecho que resalta la importancia de este pigmento en las adaptaciones a entornos áridos. Stephen Smith, coautor del estudio y profesor en la Universidad de Miami, enfatiza que entender cómo los rasgos como la betalaína han permitido múltiples transiciones hacia condiciones secas puede dar nuevas perspectivas sobre la evolución de las plantas.
Los investigadores también profundizaron en el funcionamiento de la betalaína, sugiriendo que este compuesto podría ayudar a las plantas a absorber subproductos metabólicos dañinos generados por estrés hídricos. Esta acumulación dentro de las células podría facilitar la captación de agua del entorno, lo que añadiría otra dimensión a su papel en la adaptación a la sequía.
El trabajo no solo se enfoca en las adaptaciones más visibles de las plantas, como los cactus, que son ampliamente conocidos por sus tallos gruesos. En cambio, enfatiza que otros rasgos menos evidentes, como los haces medulares —un tejido vascular que se encuentra en muchas especies— también podrían haber sido cruciales para la evolución de plantas en entornos hostiles.
Este estudio no solo busca reconstruir las características actuales de estas especies, sino también entender los cambios previos que hicieron posible su supervivencia en los desiertos. Al acceder a información detallada sobre el rol de la betalaína y sus implicaciones evolutivas, los científicos esperan ofrecer una visión más completa de cómo las plantas han logrado colonizar algunos de los entornos más extremos del planeta.
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