En la agenda demográfica global. Mujeres y hombres deben acceder en condiciones de equidad a las oportunidades educativas, laborales, económicas y de participación social. El cierre de las brechas salariales y la eliminación de cualquier forma de discriminación es exigencia ética y condición indispensable para el desarrollo sostenible.
El crecimiento acelerado de las ciudades, la especulación inmobiliaria, la gentrificación y el encarecimiento del suelo urbano han dificultado el acceso a la vivienda para millones de personas. Toda sociedad que aspire al bienestar debe procurar que sus habitantes cuenten con condiciones adecuadas de habitación y entorno.
Indispensable es fortalecer la salud mental y el empoderamiento social. Cuando las personas carecen de oportunidades de desarrollo, aumentan los riesgos asociados a la exclusión, las adicciones, la violencia y otros problemas que deterioran la convivencia colectiva. La mejor estrategia para combatir estos fenómenos consiste en generar educación, empleo, cultura y participación ciudadana.
Las proyecciones de la ONU indican que para el año 2080 la población mundial alcanzará los 10,300 millones de habitantes, significa que la humanidad deberá prepararse para atender a cerca de 25% más de personas que las que habitan actualmente el planeta. Alimentación, agua, energía, vivienda, movilidad, salud y educación serán recursos cada vez más demandados.
Además, los conflictos armados, las migraciones forzadas y las crisis humanitarias continúan afectando a diversas regiones del mundo. Las guerras generan desplazamientos masivos, alteran las dinámicas de natalidad y profundizan las desigualdades sociales. Por ello, los recursos públicos deben orientarse prioritariamente al bienestar de las personas y no a la confrontación permanente.
La población mundial seguirá creciendo durante las próximas décadas y, paralelamente, el calentamiento global, por ello es fundamental garantizar que cada persona pueda vivir con dignidad, libertad, igualdad, seguridad y oportunidades plenas. Ése es el gran compromiso de nuestra generación y la principal responsabilidad de los Estados en el siglo XXI. ¿O no?, estimado lector.


