En 1955, un incidente inesperado durante el traslado de una imponente estatua de Buda de cinco metros en Bangkok cambió la percepción de su valor. Las cuerdas que sostenían la figura cedieron, y la estatua cayó al suelo, liberando un destello de oro puro que brilló en las grietas del barro. Este descubrimiento reveló que, durante 700 años, cinco toneladas de oro habían permanecido ocultas en el barro, un ingenioso camuflaje creado por los monjes de Ayutthaya para proteger el tesoro durante las invasiones birmanas. La estrategia resultó tan efectiva que las generaciones posteriores olvidaron la realidad que se ocultaba bajo la superficie.
La historia del Buda de Wat Traimit ilustra una profunda verdad sobre nuestra sociedad actual. Al igual que la estatua, muchas organizaciones albergan un talento extraordinario y potencial oculto, a menudo sepultado bajo capas de conformidad.
En una rutina común, muchos trabajadores se ven obligados a ajustar su identidad para encajar en un entorno laboral que premia la conformidad. Al ingresar a la oficina, este ajuste puede ser tan sutil como modificar el tono de voz o decidir qué opiniones compartir, un acto casi automático que se convierte en un ritual cotidiano. Este proceso de adaptar nuestra identidad se conoce como “encubrimiento”, un fenómeno que afecta a diversas personas de manera distinta: desde la alteración de la apariencia y la ocultación de afiliaciones personales hasta el silenciamiento de convicciones profundas y el distanciamiento de grupos afines.
Recientes datos indican que el 61% de los trabajadores admite practicar alguna forma de encubrimiento, con un aumento notable entre las comunidades LGBTQ+ y las mujeres en posiciones de poder. La carga emocional que conlleva ocultar una parte de uno mismo —el “oro” interno— es exorbitante y puede llevar al desgaste y la deserción. Aquellos que más necesitan ser auténticos son a menudo los que corren el mayor riesgo de perderse en un sistema que no siempre les permite ser quienes realmente son.
Sorprendentemente, existe una desconexión marcada entre la percepción de líderes y empleados respecto al encubrimiento. Mientras que el 60% de los trabajadores reconoce esta práctica, solo el 39% de los líderes la identifica como un problema en sus organizaciones. Esta brecha muestra una ceguera estructural donde aquellos en posiciones de liderazgo pueden no entender la realidad de quienes lideran.
Para cambiar esta situación, no hay soluciones sencillas ni fórmulas mágicas. Es crucial que los líderes sean más auténticos, admitiendo sus errores y vulnerabilidades. Igualmente, fomentar un entorno donde se realicen preguntas incómodas como: “¿Qué estamos evitando decir?” puede abrir espacios para la conversación real. Proteger y apoyar a quienes se atreven a mostrar sus verdaderos yo también es vital para romper el ciclo del encubrimiento.
Los individuos pueden comenzar a suicidar sus capas de barro hablando con empatía sobre temas tabú y buscando aliados en sus entornos laborales. El descubrimiento de conexiones con otros que comparten y comprenden estos desafíos puede iniciar cambios significativos.
El oro que estuvo oculto debajo del barro durante siglos aún brilla en nuestras organizaciones. La pregunta que nos enfrentamos es: ¿qué parte de nosotros sigue cubierta hoy? Al igual que el Buda, que encontró la libertad al ser descubierto, también las organizaciones pueden beneficiarse enormemente al permitir que su talento auténtico resplandezca. La guerra que llevó al encubrimiento terminó hace tiempo; ahora es el momento de brillar.
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