En el transcurso de una semana, la cultura estadounidense ha sufrido la pérdida de dos instituciones emblemáticas: el Kennedy Center y el Washington Post. Aunque a primera vista puedan parecer sucesos aislados, en realidad son reflejos de una desconexión más profunda que afecta a nuestras vidas cívicas y culturales. La erosión de estas instituciones simboliza un ataque sistémico que debilita la infraestructura que solía unir a los estadounidenses.
La historia de internet puede percibirse como una guerra contra estas instituciones. Las estructuras que alguna vez fomentaron la vida cívica —como orquestas regionales, periódicos locales y bibliotecas públicas— han sido socavadas. Las tecnologías digitales prometieron democratizar el acceso, pero en su lugar han despojado de vitalidad a aquellos organismos cruciales para el bienestar cívico, eliminando la distancia entre la emoción cruda y la política pública.
Ahora enfrentamos un paisaje institucional disfuncional donde grandes actores como partidos políticos, corporaciones y marcas de lujo triunfan a expensas de una cultura que se vuelve insostenible. Por ejemplo, muchos periódicos en Estados Unidos están en crisis, incapaces de financiar el periodismo de calidad, mientras que diversas instituciones artísticas sufren déficits que amenazan su existencia. La situación es preocupante: a pesar de los récords de venta de entradas, la orquesta de Minnesota reporta un déficit de cuatro millones de dólares. La misma historia se repite en la ópera y el teatro, donde la falta de recursos limita las producciones.
Los centros médicos también se ven atrapados en ciclos de recortes, mientras que la educación se vuelve prohibitiva para muchos, sumiendo a las universidades en un modelo insostenible de financiación. Los parques nacionales carecen de los fondos necesarios para su mantenimiento, y los gobiernos municipales enfrentan dificultades para gestionar infraestructuras vitales. Este colapso institucional no solo deja un vacío en servicios, sino que también crea un hueco de liderazgo: la figura del “steard” —un protector comprometido con la misión pública— se ha ido, siendo reemplazada por el “scavenger”, que busca recursos en lugar de construir algo duradero.
La incapacidad de nuestras instituciones para sustentar un discurso cívico saludable ha transformado nuestra comunicación en un acto performativo más que en un debate constructivo. Con el debilitamiento de los medios de comunicación, perdemos la capacidad de celebrar nuestros avances y de medir nuestras fallas. La erosión de instituciones tradicionales —desde los periódicos hasta los escenarios artísticos— es la síntoma de una enfermedad cívica más grave: la incapacidad para emprender “grandes cosas”.
La transformación del Kennedy Center en un proyecto que busca ser “disruptivo” ejemplifica una tendencia profunda en nuestra cultura. Esta tendencia perpetúa una visión superficial, donde la viralidad reemplaza la seriedad y la construcción de consensos. Para poder proponer soluciones, debemos trascender el mito de la “disrupción” y reconstruir un nuevo modelo institucional que priorice el fortalecimiento del tejido cívico.
La consolidación corporativa que ha caracterizado nuestras últimas décadas ha dejado claro que, si no se tiene escala o grandeza, no hay poder. No es suficiente contar con heroicos administradores de arte o civiles dedicados; necesitamos un cambio en nuestras estructuras que opere de manera eficiente para conectar a las personas y propiciar un propósito común.
Si el Kennedy Center simboliza una ambición cívica que hemos olvidado, debemos recordar que el colapso de nuestras instituciones no solo afecta al arte; amenaza el engranaje que hace posible nuestras vidas cotidianas. La recuperación de estas estructuras intermedias, esos espacios cívicos que facilitan la cohesión y el diálogo, es esencial para la continuidad de nuestra vida democrática. Sin ellas, el camino hacia adelante se vuelve incierto.
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