A días de distancia de una refrescante reflexión sobre el uso del color en el cine moderno, la crítica ha puesto de relieve una tendencia ineludible: la desaturación de los colores en las producciones cinematográficas contemporáneas. En el marco de grandes estrenos como The Odyssey de Christopher Nolan y The Death of Robin Hood de Michael Sarnoski, se ha evidenciado un retorno a una paleta de colores desvaídos que asemeja a la estética del cine de mitad del siglo XX.
Recientemente, un acercamiento a la icónica Elizabeth Taylor en Ivanhoe (1952) reveló un contraste fascinante con la actual cinematografía. La actriz, en su papel de Rebecca, deslumbraba con labios de un rojo casi irreal y ojos en tonos de lapislázuli que resaltaban con una vitalidad que escasea hoy. ¿Cuánto tiempo había pasado desde la última vez que un espectador sintió tal emoción cromática en una sala de cine?
El cine de alto presupuesto, con miras a mantenerse vigente y prestigioso, ha adoptado inadvertidamente una estética visual que tiende hacia lo apagado. Hoy, un blockbuster de 250 millones de dólares puede parecer envuelto en una niebla arenosa, resultado de técnicas de manipulación digital que recubren el metraje con un tono ocre o grisáceo. Esta tendencia ha suscitado inquietudes sobre la percepción del color en el cine, donde menos parece ser, a veces, más.
La comparación con clásicos como el Robin Hood de Errol Flynn (1938) o la adaptación de El Odisea de 1955, dirigida por Mario Camerini, resalta la marcada diferencia. En el pasado, los colores vibrantes enriquecían el relato, mientras que las versiones actuales parecen someterse a una paleta que desdibuja sus historias.
Además, este uso de tonalidades desvaídas no es exclusivo de un par de producciones. Films recientes como Macbeth (2015), Lady Macbeth (2016) y The Northman (2022) comparten esta estética, donde el color se ha relegado a un segundo plano, representando un esfuerzo por definir el tono de lo que se considera ‘cine serio’ y digno de premios. David Batchelor, en su obra Chromophobia, argumenta que esta aversión al color se explica, en parte, por la preocupante asociación de colores vibrantes con elementos considerados “frívolos” o “superficiales”.
No obstante, al recordar los espléndidos colores que adornaban películas como El Mago de Oz (1939) o Lo que el viento se llevó (1939), se hace evidente que el cine ha pasado de celebrar la exuberancia del color a crear una atmósfera de nostalgia sombría. Ganadores del Oscar en décadas pasadas, como Amadeus (1984) o Danza con lobos (1990), mostraban cómo el color podía ser un personaje más dentro del relato.
Hoy, la tendencia a la desaturación se ha consolidado. Pensar en La Pianista (2002) de Roman Polanski o El Señor de los Anillos: El regreso del Rey (2003), activamente promoviendo una estética más sombría, es un indicativo del cambio de paradigma en el que los tonos apagados se vuelven sinónimos de realismo y seriedad.
Esta transformación estética también ha suscitado críticas en la forma en que se interpreta el pasado. La percepción de la antigua Grecia como un mundo de mármoles inmaculados se ha cuestionado, revelando que esos mármoles estaban, de hecho, adornados con colores vivos, algo que fue desestimado por figuras académicas de renombre como Johan Joachim Winckelmann.
La búsqueda por un realismo visual ha llevado a que directores contemporáneos continúen usando estéticas más sombrías, históricamente distorsionadas, en lugar de reflejar la vitalidad que alguna vez caracterizó a los períodos retratados. Las futuras adaptaciones de historias clásicas como Sentido y sensibilidad o Victorian Psycho siguen esta línea, dejando en claro que la tendencia hacia lo gris y lo apagado no parece tener un final a la vista.
Frente a esta creciente apatía cromática, queda plantear una pregunta crucial: ¿Cuál es la representación del color que deseamos ver en el cine? ¿Es este un reflejo de la realidad que queremos, o simplemente una proyección de las inquietudes contemporáneas? Con el auge de la desaturación, se deja entrever un paisaje cinematográfico que, aunque serio y contemporáneo, podría estar olvidando el vibrante colorido de la vida misma.
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