Dos de los más renombrados bailarines de ballet de Ucrania, Serhiy Kryvokon y Natalia Matsak, enfrentan una crisis provocada por su decisión de bailar una sección de Swan Lake de Tchaikovsky durante una gira por Europa. La interpretación ha sido condenada por el Ministerio de Cultura de Ucrania, que la calificó como un acto de “promoción del producto cultural del estado agresor”. La situación ha llevado a la cancelación del próximo espectáculo de Kryvokon y ha revocado su exención del servicio militar obligatorio, así como su permiso para viajar.
Ambos artistas, que se han mantenido en Kyiv para actuar durante la guerra, se encuentran ahora en una especie de limbo: cancelados en su país natal. Desde la invasión rusa en 2022, toda forma de cultura rusa ha sido excluida de los teatros y escuelas de Ucrania. Según Petro Chupryna, director de la Ópera Nacional de Ucrania, “hemos eliminado completamente las obras de compositores rusos desde el inicio de la invasión a gran escala”.
Al fondo de esta cancelación se encuentra la creencia nacionalista de que las grandes obras de la literatura y la música rusas pertenecen a un estado al que los ucranianos se oponen. Sin embargo, Matsak sostiene que la obra de Tchaikovsky es parte de la cultura mundial: “Nos pertenece también a nosotros”.
El régimen de Putin ha intentado apropiarse de la cultura rusa para construir una narrativa de grandeza nacional. Irónicamente, Swan Lake ha sido interpretada de formas muy diferentes; para algunos, representa un arte seguro del régimen soviético, mientras que para otros, simboliza la caída del mismo. En 1991, este ballet se convirtió en un emblema del colapso del Imperio Soviético, mostrando su capacidad de simbolizar tanto la opresión como la liberación.
En zonas ocupadas de Ucrania, las autoridades rusas han eliminado libros en ucraniano y han destruido estatuas de héroes nacionales. No obstante, la respuesta ucraniana a esta agresión cultural no debería ser un reflejo de la misma. Peticionarios han solicitado la remoción de monumentos a grandes escritores como Mikhail Bulgakov y Anna Akhmatova, argumentando que escribieron en ruso, lo que va en contra de la diversidad cultural que debería existir en el país.
Este rechazo radical también puede resultar divisivo. La premisa de que los hablantes de ruso no son verdaderos ucranianos alimenta una narrativa que Putin ha fomentado. Más de la mitad de los escolares ucranianos utilizan el ruso en casa, lo que complica aún más la visión de homogeneidad cultural que algunos desean imponer. A pesar de los intentos de unificar la identidad nacional bajo una única lengua, hay ejemplos de otros países que han heredado y adaptado influencias de lenguas coloniales, creando matices propios y distintivos.
Al finalmente rechazar toda forma de cultura rusa, Ucrania no solo debilita su propia imagen cultural, sino que también otorga poder a la narrativa de Putin. Durante los primeros meses de la invasión, muchos artistas rusos vieron sus gira canceladas en todo el mundo, lo que abrió la puerta a que artistas ucranianos ocuparan ese espacio cultural. Sin embargo, la cancelación de actuaciones basadas en obras rusas limita las oportunidades para los ucranianos de establecer conexiones internacionales a través del arte.
Es particularmente llamativa la ironía de que la gira de Matsak incluye una nueva obra basada en “Shchedryk”, una melodía ucraniana, mostrando que tanto esta pieza como Swan Lake pertenecen a la humanidad, no a un régimen o nación específica. La cultura es un puente, no una barricada, y esta distinción es esencial para el futuro de Ucrania como nación.
Gracias por leer Columna Digital, puedes seguirnos en Facebook, Twitter, Instagram o visitar nuestra página oficial. No olvides comentar sobre este articulo directamente en la parte inferior de esta página, tu comentario es muy importante para nuestra área de redacción y nuestros lectores.


