En 1993, el socialista António Costa se presentó como candidato a la Cámara Municipal de Loures, una localidad del área metropolitana de Li sboa que sufría atascos cotidianos para acceder a la capital y que gobernaban los comunistas. Para evidenciar el pésimo estado de las infraestructuras y reclamar una conexión en metro, Costa organizó una carrera entre un Ferrari y un burro. Una foto le muestra ondeando la bandera para dar la salida.
La historia desvela, al menos, dos cosas. Costa (Lisboa, 60 años) lleva mucho tiempo en política y recurre al ingenio más allá de la ortodoxia ideológica. Si el próximo domingo 30 gana las elecciones, se podrá convertir en el primer ministro portugués con más tiempo de permanencia en el cargo desde la Revolución de los Claveles. Incluso si las pierde y dimite, como ha prometido, es ya a estas alturas el político luso más curtido en el poder desde que se estrenó, con 21 años, como representante en la Asamblea Municipal de Lisboa en 1982. El diario Público le bautizó el pasado verano como “el político Duracell” cuando fue reelegido secretario general del Partido Socialista (PS) por cuarta vez. “Es de lejos el mejor político portugués de su generación. Y el más implacable y el más feroz”, afirma el analista y abogado José Miguel Júdice, que le apoyó en su camino hacia la alcaldía de Lisboa en 2007, en el libro As sete estações da democracia, de la periodista Maria João Avillez. “Es muy emocional, pero con gran autocontrol”, añade.
La carrera de Costa es la de un rompedor de tabúes al que le han salido bien las apuestas de riesgo. El tabú que le hizo famoso en la socialdemocracia europea, entonces en horas bajas, fue el de 2015, cuando se convirtió en primer ministro gracias a una impensable alianza parlamentaria con el Bloco de Esquerda y el Partido Comunista Portugués (la famosa geringonça, que ahora le falló a mitad de legislatura y provocó el anticipo electoral). Costa lideró a los tres partidos de la izquierda para tumbar con una moción de censura al Gobierno más breve de la democracia portuguesa (27 días), que presidía el conservador Pedro Passos Coelho.
António Costa, que había sido pasante en el bufete de Jorge Sampaio (que protagonizó su propia geringonça como alcalde de Lisboa), pertenece a la familia socialista con más complicidad con la izquierda que con el liberalismo. Puede que también su origen explique la facilidad con que derribó el muro que dividía a comunistas y socialistas: es hijo del escritor Orlando de Costa, comunista represaliado en la dictadura, y la periodista feminista Maria Antónia Palla. A diferencia de otros colegas, no tiene un pasado marxista que sepultar: a los 12 años decidió que sería abogado como Perry Mason y socialista (se afilió dos años después).
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Antes de romper el tabú externo, ya había quebrado otro interno: desafiar al líder sin el pretexto de una crisis. En 2014 lo hizo con el entonces secretario general del PS, António José Seguro, poco después de que hubiesen ganado las elecciones al Parlamento Europeo con más de 100.000 votos de diferencia sobre el PSD (el conservador Partido Social Demócrata). “Por poucochinho” (poquitico), dijo esa noche en la televisión Costa. El “poucochinho” es hoy una de las expresiones predilectas para ironizar en la prensa portuguesa. En la cresta de su popularidad como alcalde de Lisboa, logró cerca del 65% de los votos en las primarias para elegir candidato a primer ministro y en noviembre de 2014 se convirtió en el nuevo líder del PS.
Costa, que esta campaña se está fajando para tratar de alcanzar una mayoría absoluta que ningún sondeo contempla hasta ahora y no depender de otra geringonça, formó parte como ministro de los Gobiernos de António Guterres y José Sócrates. Estos días ha citado al primero para ilustrar el modelo de gobierno en minoría que podría seguir si gana con insuficientes apoyos, aunque pelee por una mayoría absoluta como la que consiguió el segundo. Sócrates, inmerso en un enmarañado macroproceso judicial por corrupción (Operación Marqués) y que pretende denunciar al primer juez instructor del caso, es el único tabú que Costa respeta.
Sus rivales internos están fuera de los círculos del poder. “Es un político que no admite, no acepta la menor divergencia. Quien ose enfrentarse a él va al limbo, o incluso al infierno”, sostiene Júdice. Una observación que contrasta con la imagen pública que cultiva. Aunque en algunos de los debates electorales se le ha visto irritado, sonríe a menudo y presume de optimismo. “Está siempre tratando de encontrar el camino para resolver los problemas, no es nada conformista”.
A veces son cosas sorprendentes, como la carrera entre el asno y el Ferrari o la apertura de un despacho como alcalde en Arroios, una zona degradada de Lisboa, para revertir la marginación en el barrio que, a la vuelta de los años, sería declarado el “más cool” del mundo por la revista Time out. Los gestos simbólicos son frecuentes: abrió al público los domingos el palacete de São Bento, su residencia oficial (sigue viviendo en su domicilio con Fernanda Tadeu, la profesora con la que se casó en 1987 y que le acompaña a diario en esta campaña).
“He visto pocos líderes con las habilidades y capacidades negociadoras del primer ministro”, le elogió en la última cumbre hispano-lusa celebrada en Trujillo (Cáceres) el presidente español, Pedro Sánchez. El ejemplo más llamativo es su complicidad con el conservador Marcelo Rebelo de Sousa, al que apoyó en las últimas elecciones presidenciales de 2021 frente a la candidata socialista, Ana Gómez. Otro tabú que se vino abajo.

MIGUEL A. LOPES (EFE)
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