La situación política en Puebla presenta un escenario inquietante y desolador para los tradicionales partidos PRI y PAN, a medida que avanzan hacia un futuro incierto en 2027. Análisis recientes sugieren que, con el último golpe en la credibilidad del PRI, orquestado por Néstor Camarillo, este partido parece encaminarse hacia una agonía prolongada, cada vez más despojado de poder y relevancia social. Se anticipa una larga espera que podría extenderse hasta 2030, transformando esta crisis en una crónica que parece anunciada desde hace tiempo.
El panorama para el PAN es igualmente desalentador. Mario Riestra y su agrupación se definen como una “oposición real”, ignorando el desgaste que han acumulado a través de múltiples derrotas y la evidente fractura interna que los acecha. Este ambiente crítico se hace evidente en la falta de cohesion y en la anodina renovación de sus liderazgos, especialmente en Puebla capital, donde se refleja un espectáculo de traiciones y maniobras políticas de bajo nivel.
Focus en Puebla capital: ¿cómo se desarrolla el conflicto interno? Riestra, junto a Genoveva Huerta, enfrenta a figuras que deberían estar rescatando al partido, pero que, irónicamente, son las mismas que frecuentemente obstaculizan el ascenso de nuevos talentos y voces en la política. Una figura destacada, Eduardo Rivera Pérez, parece tener su futuro ya decidido, contemplando un posible tránsito a otro equipo político en busca de nuevas oportunidades.
En cuanto a San Andrés Cholula, se presenta un campo de batalla donde Guadalupe Cuautle y Edmundo Tlatehui luchan por mantener el control, en medio de tácticas de sabotaje por parte de una dirigencia que parece más concentrada en deslegitimar que en unificar. Las lealtades se están definiendo en conexiones clandestinas, dejando a los huérfanos de la era Moreno Valle con una estrategia de resistencia ante el avance de Morena.
El caso de Atlixco, una vez considerado un bastión del PAN, ilustra aún más la caída libre del partido. Dos periodos bajo Ariadna Ayala han evidenciado no solo una pérdida de poder, sino también una grave falta de dirección. Los espacios que deberían ocupar nuevos líderes se han vaciado, dejando un recuerdo nostálgico de lo que una vez fue.
Tehuacán, como segunda ciudad más importante del estado, merece una atención especial. Aquí, el PAN ha demostrado una notable inacción, con candidatos que no logran conectar con un electorado fatigado por promesas vacías y liderazgos desangelados. La falta de renovación y de figuras frescas, como Maricarmen Culebro, muestra una clara polarización en los intereses de la cúpula, que parece más preocupada por mantener sus privilegios que por construir una verdadera alternativa política.
De este modo, el diagnóstico para PRI y PAN en Puebla es contundente: se encuentran en un proceso autodirigido hacia su propia extinción. A medida que se acercan las elecciones de 2027, las encuestas sugieren su probable fracaso ante el electorado. En este contexto, la cuestión no es si estos partidos lograrán mantenerse, sino si los ciudadanos se atreverán a apoyar a candidatos auténticamente comprometidos y desinteresados en el saqueo.
El desmoronamiento de ambos partidos refleja un clamor por una renovación política en Puebla, donde emerge la necesidad de líderes que sirvan al pueblo y no a intereses particulares. Mientras PRI y PAN navegan por estos difíciles tiempos, la pregunta queda planteada: ¿serán capaces de escuchar el llamado de un electorado que busca un cambio genuino?
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