Los ecos de la violencia llegan a un pueblo purépecha, donde los impactos de fusil aún marcan la caseta de seguridad. “Son cuernos de chivo”, señala un policía, evidenciando el ataque con armas de alto calibre, específicamente un AK-47, que ha dejado huella en esta comunidad.
El temido Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG) es el principal sospechoso del ataque, ocurrido el 17 de mayo en Sevina, Michoacán, un estado que ha sido escenario de años de violencia relacionada con el narcotráfico. La inquietud se intensificó tras la muerte del líder del cártel, Nemesio “El Mencho” Oseguera, en una operación militar el 22 de febrero, dejando a la comunidad en un estado de alerta constante.
La fiscalía ha iniciado una investigación, pero no se apresura a identificar a los responsables. ¿Será para demostrar poder, intimidar o extorsionar a la comunidad indígena que se resiste a ceder ante la criminalidad? Las especulaciones son muchas y la inseguridad, palpable.
El ataque dejó dos muertos y fue parte de un contexto más amplio en el que el narcotráfico ha tomado el control en muchas áreas de México. La AFP visitó Sevina, un pueblo del que muchos prefieren alejarse, especialmente al caer la noche. Desde su acceso, las dos casetas blancas, un símbolo de la seguridad comunitaria, están llenas de huellas de balas.
Un cuerpo de policía indígena, conocido como kuarichas, es el encargado de custodiar el pueblo. Armados y entrenados, estos policías, que operan como autodefensas con apoyo estatal, son una línea de defensa en un territorio donde el crimen organizado busca hacerse presente. Sin embargo, los miembros de esta fuerza también se sienten vulnerables, enfrentando un armamento que supera la protección que tienen.
“Es un proyectil muy fuerte”, explica un policía que prefiere el anonimato, añadiendo que sus chalecos antibalas no pueden resistir los disparos de alto calibre. La indignación se siente en cada rincón de la comunidad, que vive con el miedo constante del siguiente ataque. Los purépechas han arraigado sus raíces en esta tierra, luchando por su continuidad, pero hoy habitan un escenario donde el terror y el conflicto parecen ser la nueva norma.
Ante esta situación crítica, la seguridad se ha reforzado en los accesos de Sevina, estableciendo horarios restringidos de entrada y salida. La comunidad convive con un toque de queda que comienza a las 10 de la noche, una indicación del miedo que vive cada habitante. “Volver a ser como antes va a durar mucho”, lamento uno de los vecinos, reflejando la nostalgia por tiempos de paz.
El temor a un nuevo ataque nunca se apaga. “Mírenme a mí, tengo un arma que para ellos no es nada”, expresa un policía, consciente de la desventaja que enfrenta ante un cártel bien equipado y preparado. Este flagelo del narcotráfico sigue arraigándose en la vida diaria, dejando a su paso desolación y el anhelo de un futuro más seguro para la población purépecha.
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