Su vida podría ser el guion de un destacado biopic sobre superación personal, pero para Jahel Queralt, este camino es una cuestión de azar. Desde su infancia en una casa aislada en las Terres de l’Ebre, donde carecía de agua y electricidad, hasta su ascenso como jurista y doctora en Filosofía política en la Universitat Pompeu Fabra, su trayectoria desafía las narrativas convencionales del éxito. A los 43 años, Queralt recuerda un momento definitorio en 2007, cuando, en un encuentro en Oxford con Gerald A. Cohen, líder del marxismo analítico, vivió una anécdota que sería recordada en círculos académicos: pronunció un improperio que dejó a otros comensales sorprendidos.
Esta experiencia se incluye en un ensayo titulado “Nadie merece nada. Por qué la izquierda necesita la meritocracia”, programado para 2026. En él, Queralt desafía la identificación entre meritocracia y capitalismo, y pone en cuestión la moral del éxito. Aunque su trayectoria le ha otorgado logros como asistencia a congresos junto a académicos de la Ivy League, ella no se considera una mujer hecha a sí misma. Reconoce que su éxito no es solo resultado de su esfuerzo, sino también de una serie de circunstancias fortuitas.
Crecer sin recursos la llevó a elegir una carrera práctica, asegurándose un futuro sostenible, y aunque inicialmente se inclinó por el Derecho por motivos económicos, su pasión por la filosofía la llevó finalmente a enseñar en esta disciplina.
Queralt critica la narrativa de autoelevación asociada a la meritocracia, resaltando que su éxito no se debe únicamente a su trabajo duro, sino también a la fortuna de cruzarse con las personas adecuadas en momentos decisivos de su vida. Para ella, el progreso personal está marcado por el azar, donde cada detalle —desde la apariencia física hasta conexiones fortuitas— puede influir en el destino de una persona.
En su defensa de la meritocracia, subraya que es una ilusión que quienes critican este sistema suelen ser los que menos lo necesitan. Su ensayo responde a obras influyentes que han cuestionado el concepto de mérito, argumentando que la meritocracia histórica ha buscado un acceso más equitativo a oportunidades, algo que en la actualidad parece más difícil de lograr.
El reconocimiento de que las sociedades más desiguales son también las que más creen en la meritocracia resalta una paradoja: mientras más crece la desigualdad, más se propaga la ilusión de que el trabajo duro garantiza éxito. Esto es evidente en el “sueño americano”, que sitúa a un niño de condiciones desfavorecidas con solo un 8% de posibilidades de alcanzar la cima.
Como parte de su análisis, enfatiza la necesidad de mitigar desigualdades, desde la redistribución de la riqueza hasta una educación más flexible que atienda las diferencias individuales. Reconoce que la genética también juega un rol crucial en el desarrollo de las capacidades, argumentando que el estigma asociado a las predisposiciones genéticas debe ser gestionado cuidadosamente, asegurando que las personas con esas predisposiciones cuenten con el apoyo necesario.
En un mundo donde el concepto de meritocracia pareciera asociarse más con el mercado que con la equidad, Queralt invita a repensar lo que significa realmente ofrecer oportunidades justas. En sus palabras, el éxito no es únicamente mérito personal, y la lucha por una sociedad más equitativa requiere un enfoque más integral y matizado que tenga en cuenta todos los factores en juego.
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