México ha alcanzado un hito notable en el ámbito de la Inversión Extranjera Directa (IED), con un monto de 23,591 millones de dólares registrado en el primer trimestre de 2026. Este resultado marca un récord histórico, ampliando la inversión en un 10.4% en comparación con el año anterior. Estados Unidos se consolida como el principal socio, aportando 10,210 millones de dólares. En concomitancia, las exportaciones crecieron un impresionante 21.8%, lo que permitió alcanzar un superávit comercial de 3,508 millones de dólares. Sin embargo, la economía enfrenta una contradicción preocupante: el Producto Interno Bruto (PIB) mexicano cayó un 0.6%. El Banco de México proyecta un crecimiento de solo 1.1% para 2026, una cifra ligeramente superior a la estimación del Banco Mundial, que es del 1.3%. Este escenario apremiante plantea desafíos en el contexto de las revisiones del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC).
El Secretario de Economía, Marcelo Ebrard, explicó que México mantiene una posición firme en las negociaciones del T-MEC, destacando que, aunque no se siente apremiado, tampoco puede permitirse la inacción. La fuerza de la IED es un testimonio del potencial mexicano; sin embargo, se presentan vulnerabilidades ante un Estados Unidos que planea auditar el acuerdo antes de comprometerse a cualquier extensión.
La primera ronda de negociaciones bilaterales se llevó a cabo en la Ciudad de México los días 28 y 29 de mayo, donde participó una delegación de legisladores estadounidenses y cerca de 60 empresarios. Tres temas centrales dominaron las conversaciones: las reglas de origen automotrices, la triangulación del acero y aluminio, y la seguridad económica frente a los insumos provenientes de China. La problemática automotriz es particularmente tensa; si México no logra desvincular sus cadenas de suministro de los insumos chinos, corre el riesgo de perder su narrativa de nearshoring. En cuanto al acero y aluminio, la postura estadounidense es inflexible, impulsada por la sospecha de que productos chinos ingresan a México, son procesados mínimamente y se exportan a Estados Unidos como productos de origen norteamericano, evadiendo así aranceles.
Junto a la seguridad económica, ambos países comparten el objetivo de robustecer la región frente a la competencia asiática, lo que debería permitir a México construir una narrativa de alianza en lugar de confrontación.
Aun con estos avances, el país enfrenta dos grandes vulnerabilidades. La primera se relaciona con la institucionalidad: las elecciones judiciales de 2025 han dejado un Poder Judicial cuya independencia es constantemente evaluada por los mercados. La certeza jurídica es fundamental para los inversionistas extranjeros, ya que implica que un contrato será respetado en los tribunales, de igual importancia que un arancel cero. La segunda vulnerabilidad es de capital humano. El 68% de los empleadores en el sector industrial carecen de los perfiles requeridos por la Manufactura 4.0. La escasez de técnicos capacitados en programación y mantenimiento de robots e inteligencia artificial podría lastrar el avance de la industria mexicana en el largo plazo.
Con la mirada puesta en el futuro, la segunda ronda de negociaciones se llevará a cabo en Washington los días 16 y 17 de junio, seguido de un encuentro trilateral con Canadá el 1 de julio, y la unidad de esfuerzos para cerrar pendientes en la semana del 20 de julio. Si estas conversaciones concluyen en una extensión total de 16 años para el T-MEC, México podrá consolidar su posición como un polo industrial en América del Norte. Por el contrario, si se deriva en revisiones anuales, la incertidumbre podría frenar proyectos y abrir espacios para que naciones como India y Vietnam capturen inversiones que actualmente se dirigen a zonas clave como el Bajío.
En cinco semanas, México tiene la oportunidad de construir un puente crucial que tendrá que cruzar el 1 de julio. Este puente se sostiene sobre dos pilares fundamentales: demostrar que su Poder Judicial opera con independencia del gobierno y desarrollar un plan sólido para la formación de técnicos en manufactura avanzada. Sin estas acciones, aunque la IED alcance cifras históricas, los vínculos con el PIB podrían seguir siendo débiles y desconectados.
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