Kyra Núñez, en un fragmento conmovedor, recuerda a su exprofesora Rosario Castellanos, cuya influencia se extiende más allá de las aulas de la UNAM. En agosto de 2025, Flora Botton, alumna de Castellanos en 1961, rememora una figura que no solo era una brillante escritora, sino también una maestra entrañable y cercana. A diferencia de muchos académicos, Rosario no alardeaba de sus logros literarios; su enfoque se centraba en enriquecer la experiencia de aprendizaje de sus estudiantes.
Flora destaca momentos entrañables de su relación con Rosario, como anécdotas que reflejaban su sentido del humor. Un episodio curioso involucra a su padre regresando de Estados Unidos con la novedad de que las naranjas se pueden exprimir para hacer jugo, un concepto que sorprendería en la México de los años 60. Asimismo, cuenta cómo Rosario, irónica y autocrítica, una vez abandonó su auto en la glorieta de Insurgentes, una historia evocadora que revela su autenticidad y chispa.
El legado de Rosario se siente profundamente en la tristeza que dejó tras su fallecimiento, noticia que sorprendió a Flora cuando fue comunicada en la facultad. Su recuerdo es de una mujer cálida e inteligente, con un humor mordaz que se manifiesta en sus obras, como en las célebres “Cartas a Ricardo”, donde se fusionan la risa y lo desgarrador.
Flora hace hincapié en el contexto de la época, donde Rosario, rodeada de hombres en un entorno predominantemente patriarcal, representaba una voz singular y valiente en un mundo que aún enfrenta luchas de género. A pesar de la cordialidad que caracterizaba su relación, Flora recuerda que nunca desarrollaron una amistad íntima, en parte debido a la diferencia de edad y roles, pero su conexión fue indudablemente especial.
La influencia de Rosario Castellanos se extiende, tanto en su labor como escritora como en su papel como embajadora de México en Israel. Flora, quien tenía un profundo respeto por ella, destaca cómo el machismo de su tiempo aún resuena en la actualidad, donde las mujeres siguen siendo subestimadas en diversos ámbitos profesionales.
Finalmente, Flora concluye que, aunque su conexión con Rosario fue más de maravilloso respeto que de amistad íntima, se siente privilegiada de haber sido su alumna. La ausencia de Rosario se siente con insistencia, y su legado literario y personal permanece como una fuente inagotable de inspiración.
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