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Home Cultura

Reflexiones atrevidas sobre Sly Stone

Redacción by Redacción
14 julio, 2025
in Cultura
Reading Time: 4 mins read
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Homilía indecente para Sly Stone
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Según las Escrituras del alma (soul en inglés), el funk floreció en desorden, cultivado por espíritus demasiado libres, negros y negras demasiado africanos, prole de James Brown, modelo de progenitor irresponsable. Algún día sería epidemia rítmica en el África subsahariana y Brasil, pero nació de los intestinos de esclavos humillados por los padres fundadores de un país ganado para el angloblanco a costa de la miríada de pueblos y tribus de la Isla de la Gran Tortuga, y catapultado productivamente gracias al secuestro de pueblos enteros allende la inmensidad atlántica.

Quiso el Señor que esa gente sufriera para que sus oraciones subieran de tono, fervor y emoción. Quiso el Creador que esos pueblos innobles, salvajes, inescrutables, aprendieran Su palabra cantando y bailando, lo único para lo que servían además de trabajar como bestias de carga. Así, permitió que incendiaran la música con la devoción del gospel (Evangelio). Y el Señor entregó a la humanidad el secreto del jazz, el blues, el soul, el funk, el boogie. Como el daño estaba hecho, lo siguiente fueron el reggae, el hip hop y otros descalabros para la armonía cristiana.

Fueron almas descarriadas tocadas por la gracia. El funk (que significa apestoso en kikongo, la lengua bantú hablada en los dos Congos y Angola) brotaba del genio de gente incapaz de comportarse y que con frecuencia arruinó vida y carrera en su ánimo irreverente. Ya ven Betty Davis, la diva de las malas lenguas, quien arrastró al funk y la sicodelia a su marido Miles Idem, pero la regó enredándose con Jimmi Hendrix. Miles no estaba loco para quedarse en el funk (venía de muy lejos y se dirigía a regiones sonoras insospechadas), pero supo no resistir la tentación.

La gente del funk dio en acabar mal. Incomodó con sus hábitos desordenados a empresarios, disqueras, prensa especializada y audiencia, dejándolos plantados o llegando hasta atrás. Pero bien que atizó la danza y metió a caderas y torsos en una irresistible espiral de coros húmedos y bajo sucio, aceitada con sustancias, alcohol y sexo.

En la desobediencia y el caos, Sly y su Familia de Piedras, Funkadelic y Parliament fijaron la regla de romper todas las reglas. Sly continuó a trompicones. George Clinton iba de explosión en explosión. Kool & The Gang y Tower of Power salieron menos relajientos, pero los pies traicionan a cualquiera. Si Miles Davis vino y se fue, Prince sí se quedó, recibió a manos llenas las bendiciones del funk y estableció retos de imagen y ruido difíciles de superar. Los músicos blancos de rock le rascaron al funk con ambiciosa desesperación, y aunque algo sacaron en claro, la inspiración siguió renegrida.

Hace unas semanas, el 9 de junio, murió Sly Stone (née Sylvester Stewart, 1943) a la graciosa edad de 82 años. Quién lo hubiera previsto en él y muchos más, aún vivos o recientemente difuntos. Llevan a pensar que la mala vida, el reventón, el exceso y el desacato no matan. El mito de Keith Richards conservado en whisky y heroína se aplica a los octogenarios, con frecuencia millonarios, que heredaron estas músicas improbables y penetraron la civilización occidental porque Dios lo quiso, aburrido de cantatas y oratorios.

Hermanos y hermanas, es justo y necesario recordar que el hermano Sly, dechado de malas conductas, dotó al funk con la alegría vital necesaria para ser, según registran las crónicas canónicas, la estrella más refulgente en el Jubileo de Woodstock 69. Esa década Sly la pavimentó con su órgano Hammond y la sección rítmica más cardiaca del periodo. Sus amigos Panteras Negras le exigieron expulsar a sus músicos blancos y hacer explícito el apoyo al poder negro, siendo distintiva la composición multirracial de Family Stone.

Si bien atravesó periodos de desastre existencial, viviendo de la seguridad social, casi en la calle, solo, quebrado y madreado, ¡caramba!, llegó a los 82. ¿Se trata de gente indestructible de por sí? Lo desplumaron los productores blancos como Jerry Goldstein. Antes pagó cárcel por cargar cocaína. Según testimonio de la modelo Kathy Silva, su primera esposa (con quien se casó pomposamente en el Madison Square Garden en 1974 y procreó un hijo y dos hijas), Sly nunca dejó las drogas, perdió el carácter y destruyó su futuro.

Atravesó a gusto y tropezones la década siguiente, tuvo de abridor a Bob Marley & The Wailers en su debut gabacho, colaboró con George Clinton y con muchos blancos. Llevó a las audiencias caras pálidas los elementos del funk, cuya impronta, junto con el gran soul del periodo y la ruta de Motown, bendijo los pasos del genéricamente llamado rocanrol.

Todos estos gerontos de la gran música de raíz africana e impacto planetario vibraron longevamente para confirmar ese verso del poeta zen Saigyö: Mejor cuidamos la vida descuidándola. Un mal ejemplo, hermanos míos, para las nuevas generaciones.

Elevemos una plegaria por este hermano pecador que llevó alto, más alto, la síncopa de la canción y el reventón. Así lo dispuso el Señor.

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Tags: ArteColumna DigitalcríticaCulturaHomilíaMéxicomusicanoticiasOpinionSly StoneSociedad
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