En el icónico Palazzo Diedo, un espacio emblemático de Venecia, se presenta una exposición intrigante que desafía nuestro entendimiento de lo que constituye el arte en la era digital. “Strange Rules”, una muestra curada por Mat Dryhurst, Holly Herndon, Hans Ulrich Obrist y Adriana Rispoli, reúne obras que oscilan entre la ciencia y la ficción, como plantas metálicas adivinatorias, una película creada por inteligencia artificial en mil años, y planarias de dos cabezas. En este contexto, los curadores plantean interrogantes fundamentales sobre la autoría y el significado del arte, cuestiones que cobran relevancia a medida que tecnologías disruptivas como blockchain y generadores de AI transforman la producción artística.
Los enormes avances tecnológicos han suscitado debates sobre la definición misma del arte. ¿Dónde se traza la línea entre el contenido y el arte performático, entre la investigación científica y la artística? De estos dilemas emerge una interpelación central: “¿Es esto arte?”. Esta pregunta, aunque considerada cliché, se convierte en un punto recurrente para los artistas que integran la tecnología en su práctica.
Los curadores han propuesto un nuevo marco, denominado “Arte de Protocolo”, que busca analizar no solo las obras, sino las reglas que subyacen a la producción y percepción cultural en la era digital. Según reza el texto de la exposición, el Arte de Protocolo inaugura una práctica que investiga las condiciones tecnológicas y sociales que contribuyen a la creación cultural, considerando que estas reglas se manifiestan en algoritmos, modelos de AI y convenciones sociales.
El Palazzo Diedo, recientemente renovado y bajo la égida de Berggruen Arts & Culture, no solo se convierte en un espacio para “Strange Rules”, sino que se proyecta como un futuro templo dedicado al Arte de Protocolo, con investigaciones y exhibiciones adicionales en el horizonte.
Lo fascinante del Arte de Protocolo es su capacidad de englobar una amplia gama de prácticas artísticas. Desde el trabajo del biólogo Michael Levin, que manipula el código genético en “Double-Headed Planaria”, hasta “Voyager” de Trevor Paglen, una meditación visual impulsada por el lenguaje. Sin embargo, esta categoría también aclara lo que excluye, como el arte producido sin una exploración de las lógicas sociales o infraestructurales que lo rodean, limitándose a la mera creación superficial.
El enfoque del Arte de Protocolo desafía la idea de que el arte reside en su manifestación visual o sonora. En cambio, se centra en la estructura que produce esas manifestaciones, sugiriendo que la verdadera autoría está en el diseño de la interacción entre el arte y el espectador. Obras como “Picbreeder” de Ken Stanley, que permite a los usuarios influir en su evolución, ejemplifican cómo la participación del público es esencial en este nuevo paradigma creativo.
No obstante, esta clasificación de Arte de Protocolo también actúa como defensa para artistas que enfrentan el escrutinio respecto al uso de herramientas innovadoras como la inteligencia artificial. En un contexto donde las instituciones culturales y los marcos legales muestran resistencia, la categorización del Arte de Protocolo proporciona a los artistas un argumento sólido para abogar por su práctica.
Un ejemplo contundente de esta evolución en el pensamiento artístico es el proyecto “The Feral”, que abarca una película programada para desarrollarse durante mil años, formada por intervenciones sucesivas de generaciones de artistas. Este enfoque pone de relieve la cuestión del autor en la creación artística contemporánea, enfatizando que la autoría se encuentra en la elección de modelos, en la configuración de procesos y en cómo se interactúa materialmente con la tecnología.
La situación actual en torno a los derechos de autor y la autoría en el contexto de la creación artística digital es compleja. Las instituciones, como la Oficina de Derechos de Autor de EE. UU., no reconocen el trabajo producido por inteligencia artificial como autoría legítima, lo que abre un vacío legal en torno a la procedencia y el valor de estas obras.
Al final, a medida que nos adentramos en un mundo donde la producción artística es cada vez más mediada por inteligencias artificiales, se presenta una pregunta crucial: “¿Es digno de ser escuchado?” En este diálogo, el marco del Arte de Protocolo nos invita a considerar no solo la naturaleza de la tecnología utilizada, sino también la mente que la manipula, destacando la constante evolución del arte en la encrucijada de la ciencia y la cultura.
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