En un rincón de Xochimilco, donde alguna vez el agua era pura y los ahuejotes se reflejaban en los canales, vive un ajolote llamado Axólotl Pérez. Este viejo anfibio, que ha enfrentado la transformación del medio ambiente, no sobrevive por la calidad del agua, sino por una notable resistencia biológica que lo asemeja a los contribuyentes mexicanos que enfrentan al SAT.
Lamentablemente, el entorno ha cambiado drásticamente. Axólotl navega entre desechos plásticos y aguas contaminadas, un ecosistema donde las descargas irregulares ya superan las 1,374. Aunque el ajolote carece de habilidades matemáticas, puede distinguir entre el aroma a canal y el hedor a drenaje cargado de promesas políticas.
Un día, una comitiva de funcionarios se presentó con brochas y cubetas de pintura morada, proclamando que el ajolote había sido nombrado símbolo oficial de la ciudad. “¿Y eso sirve para algo?”, preguntó Axólotl con escepticismo. La respuesta fue clara: “Para inspirar resistencia, transformación e identidad.” Sin embargo, limpiar el agua no estaba en la agenda, ya que el enfoque primero era embellecer el paisaje urbano.
Así comenzó la “ajolotización”: las calles de la Ciudad de México se llenaron de ajolotes morados, como si fueran candidatos en campaña. A pesar de las advertencias sobre las posibles consecuencias de la saturación de este color, las autoridades propagaron que la verdadera ansiedad provenía de las quincenas que nunca llegaban a tiempo.
Mientras tanto, el agua siguió llegando tratada, pero no en el sentido ecológico, sino con un optimismo cínico. Las comunidades de Xochimilco clamaban por un saneamiento real, mientras que el gobierno se preocupaba más por los diseños de murales que por la salud del ecosistema. Los funcionarios argumentaban que el color morado también reivindicaba luchas feministas, aunque algunos sospechaban que era más una justificación para asignar contratos de pintura.
Desde su rincón, Axólotl Pérez observaba con tristeza. Un pez enfermo le preguntó si sentía orgullo por su nuevo estatus como emblema urbano. A lo que el ajolote respondió que preferiría seguir vivo en lugar de ser un logotipo sonriente.
A medida que el gobierno continuaba inaugurando murales de ajolotes sonrientes en avenidas notables, Axólotl comprendió una verdad amarga: en la Ciudad de México, ya no es necesario preservar la vida, solo es suficiente pintarla.
Este fenómeno no pasó desapercibido entre los ciudadanos. A pesar de que los canales continuaban contaminándose, y que los habitantes de Xochimilco lidiaban con la mezcla de humedad y promesas vacías, la capital se adornaba con coloridos dibujos que simulaban el bienestar.
De esta forma, el ajolote, una especie en peligro, se transformó en una mascota oficial, un símbolo de decoraciones urbanas, pasando de ser un sobreviviente biológico a un influencer gubernamental.
Moraleja: cuando un gobierno opta por embellecer la vía pública en lugar de actuar para preservar la vida, lo único que hace es ocultar los problemas reales.
En un contexto significativo, el próximo 20 de mayo de 2026, a las 11:00 A.M., se ofrecerá una conferencia titulada “El Teatro de los Goles” por el destacado escritor Juan Villoro, en la sede de la Sociedad General de Escritores de México (SOGEM). Esta entrada es gratuita al solo mencionar esta columna. Villoro hablará sobre la intersección entre literatura y fútbol, un evento que promete captar la atención de todos.
Gracias por leer Columna Digital, puedes seguirnos en Facebook, Twitter, Instagram o visitar nuestra página oficial. No olvides comentar sobre este articulo directamente en la parte inferior de esta página, tu comentario es muy importante para nuestra área de redacción y nuestros lectores.


