El 24 de junio de 2026, un fuerte terremoto sacudió Venezuela, dejando a su paso una estela de devastación y desolación. Al día siguiente, en la urbanización Los Palos Grandes, una zona de clase media y alta de Caracas, se vivió un ambiente de pesar y miedo. A solo 100 metros de la emblemática Plaza Altamira, donde la oposición solía congregarse durante las manifestaciones pasadas, los ciudadanos comenzaron a reunir información sobre los daños y a asimilar la magnitud de la tragedia.
Los primeros reportes indican que el terremoto causó el colapso de cuatro edificios en esta área, rememorando así un oscuro capítulo de la historia de Caracas, el terremoto de 1967, que también devastó la ciudad. Las imágenes que emergieron de la jornada mostraban personas que no habían presenciado jamás el horror de un desastre natural; de hecho, el último gran sismo pasó hace seis décadas.
Tras el temblor, muchos habitantes de Los Palos Grandes se vieron obligados a pasar la noche al aire libre. Con sus hogares dañados y en medio de réplicas constantes, la gente optó por dormir en jardines, aceras o se refugiaron en casas de familiares. La incertidumbre reinaba, y el temor de nuevos sismos los mantenía en vela.
Mientras tanto, a través del Ávila, en La Guaira, la situación era aún más grave. Allí, la tragedia se intensificó con el colapso de decenas de edificios, dejando a miles sin hogar.
En el ambiente tenso de Los Palos Grandes, los periodistas se agolpaban, capturando imágenes de la devastación. Una representante de la Associated Press se encontraba en la escena, enviando la poca información disponible al rededor del mundo. El silencio predominaba, quebrado ocasionalmente por susurros entre los curiosos que se preguntaban sobre el futuro: “¿Por qué tanta tragedia? ¿Qué hemos hecho?”.
Los rescatistas, dedicados a su labor, luchaban contra el tiempo, a la espera de un milagro que parecía cada vez más lejano. Para muchos, la esperanza de rescatar a alguien con vida se desvanecía con cada minuto que pasaba. El dolor de la tragedia se mezclaba con el recuerdo de las crisis políticas y económicas vividas en los últimos años, así como con la tragedia del deslave de 1999, que había dejado miles de desaparecidos.
El recorrido a través de Los Palos Grandes fue un momento de desconcierto, donde la memoria de un país en crisis se entrelazó con el impacto físico del desastre natural. En este contexto, el 24 de junio de 2026 quedará grabado como una fecha de luto, sumándose a una lista de calamidades que han marcado profundamente la vida en Venezuela.
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