El estrecho de Ormuz, un vital pasaje marítimo ubicado entre Irán y el sultanato de Omán, se ha convertido en un punto neurálgico fundamental para el comercio mundial de petróleo, representando una puerta de entrada crucial al Golfo Pérsico. Con un ancho de apenas 50 kilómetros y una profundidad que no supera los 60 metros, su geografía lo hace particularmente vulnerable a las tensiones geopolíticas. A lo largo de este estrecho, se encuentran islas estratégicas, como Ormuz, Qeshm y Larak, de gran importancia militar y económica, que han estado bajo control iraní desde 1971, tras la retirada de fuerzas británicas de la región.
En 2024, este paso marítimo resultó ser la ruta principal mediante la cual aproximadamente 20 millones de barriles de petróleo transitaban diariamente, cifra que representa cerca del 20% del consumo mundial de crudo, según la Agencia de Información Energética de Estados Unidos. Asimismo, aproximadamente una quinta parte del comercio global de gas natural licuado circula por estas aguas, principalmente hacia Asia, apuntando a la dependencia crítica de mercados como el japonés y el chino.
Sin embargo, el estrecho de Ormuz no solo es crucial por su papel en el comercio de energía, sino también por las tensiones políticas que lo rodean. Irán, que se posiciona como el guardián del Golfo Pérsico, ha manifestado en varias ocasiones su oposición a la presencia de fuerzas extranjeras en la zona y ha amenazado con bloquear este paso estratégico en caso de una acción militar por parte de Estados Unidos. Las tensiones en la región han alcanzado niveles alarmantes, especialmente desde los ataques contra objetivos iraníes a finales de febrero de 2026, lo que ha llevado al país a responder con un intensivo lanzamiento de misiles y drones.
Durante la guerra Irán-Irak, que tuvo lugar entre 1980 y 1988, el estrecho fue escenario de la llamada “Guerra de los petroleros”, donde más de 500 barcos fueron destruidos o dañados, un recordatorio sombrío de lo volátil que puede ser esta arteria energética. Hoy en día, la amenaza de ataques con drones e infraestructuras dañadas ha puesto en jaque el tráfico marítimo: el cierre del estrecho ha obstaculizado el paso de crudo y gas natural a niveles preocupantes, desencadenando una rápida escalada en los precios de la energía.
En este contexto, expertos en energía advierten que Irán tiene los medios para hacer que la navegación por el estrecho sea insegura. Con capacidades industriales que le permiten producir miles de drones mensualmente, así como un arsenal de misiles que es objeto de debate, las capacidades de Irán podrían influir considerablemente en el futuro del tráfico marítimo en esta zona esencial. La incertidumbre en torno a la seguridad del estrecho no solo afecta a las naciones involucradas directamente, sino que también resuena en el mercado energético global, trasladando sus efectos a consumidores de todo el mundo.
En resumen, el estrecho de Ormuz sigue siendo un punto crítico de tensión geopolítica y económica, un microcosmos de la interconexión del mercado energético global y de las dinámicas de poder en la región. Los eventos recientes apuntan a una fragilidad que podría tener repercusiones de largo alcance, no solo para los países vecinos, sino también para las economías de todo el mundo que dependen de su vital flujo energético.
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