En un contexto donde la incertidumbre global se cierne sobre las relaciones comerciales, México vive un momento crucial. Recientemente, en el foro “Smartshoring, transformando las redes productivas de México”, economistas y especialistas se reunieron para debatir la transformación en la inversión extranjera y la industria nacional, con la mirada puesta en el horizonte de 2026.
El concepto de “smartshoring” emergió como un tema central, marcando un cambio significativo desde el tradicional nearshoring. Este nuevo enfoque no solo se centra en la proximidad geográfica, sino que también prioriza la tecnología, el talento humano y la capacidad de generar valor agregado, factores que son cada vez más críticos en la reconfiguración de las cadenas de suministro a nivel global. México, en esta dinámica, ha dejado de ser un simple destino de manufactura para posicionarse como un hub de innovación.
Carlos Serrano, Economista Jefe de BBVA México, destacó que el país se encuentra en una posición privilegiada para atraer inversiones, incluso superior a aquella que logró tras la firma del TLCAN en los años 90. A pesar del neoproteccionismo de Estados Unidos, tanto México como Canadá se perfilan como los únicos países capaces de exportar bienes a este mercado sin los aranceles que afectan a competidores como China y Vietnam. Serrano enfatizó la oportunidad histórica que tiene México para diversificar su planta productiva hacia nuevos sectores.
A pesar de los desafíos que enfrenta el sector automotriz, como los aranceles sobre el acero y el aluminio, se ha visto un crecimiento del 17.3% en las exportaciones no automotrices, impulsadas principalmente por la demanda de unidades de procesamiento digital y componentes para centros de datos. Esta tendencia sugiere una adaptación y resiliencia por parte de la industria nacional frente a las adversidades.
Desde la perspectiva gubernamental, Sergio Silva Castañeda, de la Secretaría de Economía, presentó el “Plan México”, una estrategia diseñada para fortalecer las capacidades nacionales sin importar las vicisitudes de la política exterior. Silva subrayó que este plan no se limita a buscar un aumento en el volumen de inversión, sino que busca acciones precisas que permitan proteger la economía mexicana y garantizar empleos de calidad, así como la integración de las pequeñas y medianas empresas (pymes) locales.
La dimensión financiera del cambio también fue discutida. Ricardo Fernández de Mazarambroz, Director de Sostenibilidad de BBVA México, expuso que el concepto de smartshoring implica un entendimiento profundo de las vocaciones regionales. No basta con tener acceso a la frontera; es vital evaluar recursos como agua, energía y talento especializado. En este sentido, BBVA ha jugado un rol activo más allá de la banca tradicional, logrando conectar a 400 empresas en solo dos años y facilitando su integración en redes de proveedores locales.
En cuanto a la disponibilidad de capital, se anticipa que BBVA pondrá a disposición de sus clientes cerca de 35,000 millones de pesos para inversiones en activos fijos e industriales. La atención en las pymes es clave, dado que el banco atiende a la mitad de este sector en México, manteniendo una cartera impresionante para fomentar su integración en cadenas de suministros de grandes empresas que están llegando al país.
Con la vista en el cierre de 2026, las proyecciones se mantienen optimistas. BBVA espera un crecimiento del 1.8% en el PIB, respaldado por la confianza en la revisión del T-MEC y el desarrollo de proyectos de infraestructura. Se anticipa un crecimiento de entre el 25% y el 30% en la cartera de crédito mayorista, siempre que los proyectos energéticos y portuarios avancen con eficacia. Sin embargo, se mantienen riesgos, como el conflicto en Irán, que podría impactar en los precios de los energéticos y, en consecuencia, en el consumo tanto en Estados Unidos como en México.
El foro concluyó con un llamado claro: “Las empresas que no inviertan ahora verán cómo otros ocupan su lugar”. México se encuentra en una encrucijada donde la relocalización no es suficiente; se requiere una evolución hacia redes productivas que sean resilientes, digitales y responsables. Con un sector financiero sólido y una política industrial que promueve la integración nacional, el smartshoring se consolida como una oportunidad crítica para definir el éxito económico del país en la segunda mitad de esta década.
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