En los últimos años, el horror ha resurguido en la cultura popular, un fenómeno que ha captado la atención de críticos y audiencias por igual. La premisa es clara: el género parece estar experimentando un renacimiento. Este fenómeno ha sido abordado en medios internacionales, con afirmaciones que señalan cómo obras como Backrooms y Obsession marcan una nueva era del horror que resuena especialmente en la generación Z.
Sin embargo, es pertinente preguntarse: ¿qué significa realmente este renacimiento? A lo largo de las últimas décadas, desde 2007 con el artículo de PopMatters sobre el resurgimiento del horror en los años noventa, hasta declaraciones más recientes sobre la producción cinematográfica, la idea de que el género revive continuamente se ha vuelto un lugar común en la crítica cinematográfica. Esta tendencia invita a pensar que el horror ha estado, en cierto modo, en un ciclo constante de renacimiento durante cerca de cuarenta años, un tiempo considerable en la historia del cine.
Por lo general, cuando se habla del “renacimiento” del horror, se alude a un aumento en la producción de películas del género, la llegada de nuevos talentos y el éxito de algunas piezas que capturan la atención del público. Sin embargo, este ciclo ha sido parte integral del cine desde sus inicios, con títulos que han cambiado la dinámica del horror, desde La noche de los muertos vivientes (1968) hasta Actividad paranormal (2007) y más recientemente Obsession (2025).
El horror, además, no solo refleja una moda pasajera, sino que emerge como una constante en la narrativa cinematográfica. La filosofía detrás de este género se enriquece con visiones sobre lo grotesco, lo abyecto y lo que perturba nuestra percepción de la realidad. Julia Kristeva, en su exploración del concepto de lo abyecto, ofrece un marco valioso para comprender por qué estas narrativas nos atraen: el horror aborda lo que preferimos no enfrentar directamente.
Este género es sofisticado en su modo de operar; combina elementos simbólicos y alegóricos que ofrecen una rica experiencia interpretativa. Obras como El bebé de Rosemary y Carrie no solo funcionan en su superficie de horror, sino que también abordan temas más profundos, como el control patriarcal y el trauma de la represión. Así, el horror se erige como un espejo cultural que nos confronta con las sombras de nuestra existencia.
La imagen del horror como una “sombra” se vuelve particularmente pertinente. A menudo, se presenta como un fenómeno que vacila entre la popularidad y el olvido, pero esta fluctuación oculta una realidad más profunda: el horror nunca ha desaparecido del todo. Cada vez que surge un fenómeno popular, se vuelve un punto de interés cultural que reaviva el diálogo sobre el género. Es así como lo que se percibe como un renacimiento podría no ser más que un avistamiento de algo que siempre ha estado presente.
La atención renovada hacia el horror invita a reflexionar sobre las inquietudes humanas: el miedo a lo desconocido, la vulnerabilidad y, en última instancia, la muerte misma. En un mundo que se enfrenta a la incertidumbre constante, el horror nos ofrece un espacio para explorar y confrontar nuestros temores. La experiencia colectiva en las salas de cine, rodeados de extraños, se transforma en un ritual que nos permite acercarnos, aunque sea momentáneamente, a la comprensión de esas sombras que habitamos en nuestro interior.
Así, el horror no es solo un género; es un fenómeno cultural intrínseco con una vitalidad que perdura a lo largo del tiempo. En esta dialéctica entre la atención del público y la resiliencia del género, encontramos un desafío constante: no solo mirar las sombras, sino aceptarlas como parte de nuestra esencia. El horror, por lo tanto, continúa allí, dispuesto a incomodar y a hacernos reflexionar sobre aquello que a menudo preferimos mantener en la penumbra.
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