La devastación en Gaza es un recordatorio contundente de las atrocidades que puede generar el extremismo. Desde octubre de 2023, el dramático resurgimiento de la violencia, tras el ataque de Hamás y la subsiguiente respuesta militar de Israel, ha resultado en la muerte de más de 54,000 palestinos, incluyendo más de 16,000 niños. Gaza ha sido transformada en una zona inhabitable, un campo de horror donde ya no hay ambigüedad moral.
Ehud Olmert, ex primer ministro de Israel, ha calificado esta ofensiva como una “guerra sin propósito,” denunciando que el sufrimiento infligido es una vergüenza para quienes aún creen en la democracia israelí. Yair Golan, otro prominente líder opositor, enfatiza que “un país cuerdo no mata bebés por afición.” Estas críticas, lejos de estar motivadas por el antisemitismo, resaltan el sufrimiento innecesario causado por las acciones de ambos lados.
La génesis de este ciclo de horror arrancó el 7 de octubre de 2023, cuando Hamás lanzó un ataque que resultó en la muerte de 1,139 personas, incluyendo 251 secuestradas. Sin embargo, esto no proporciona un justificativo para la represalia indiscriminada que ha seguido. Si bien Hamás opera con tiranía y utiliza tácticas brutales, esto no implica que cualquier crítica a sus métodos sea equivalente a la oposición al pueblo palestino. Del mismo modo, criticar las acciones de Netanyahu no es una forma de antisemitismo. La distinción es crucial.
La postura extremista de la derecha israelí ha alcanzado niveles alarmantes. Declaraciones desmesuradas que asocian a los niños de Gaza con el enemigo, o la intención expresada de “destruir todo”, son ejemplos de la retórica que no solo atenta contra los principios del judaísmo, sino que perpetúa un ciclo de violencia sin sentido. Los crímenes cometidos no son actos de autodefensa, sino castigos colectivos que no conocen justificación.
Además, las consecuencias de este conflicto también se sienten entre los propios soldados israelíes, con al menos 407 bajas desde que comenzó la invasión, y un total de más de 850 desde el inicio del conflicto. La responsabilidad principal recae sobre Netanyahu y su coalición ultraderechista, que han elegido embarcarse en una guerra que carece de una estrategia clara, todo con el fin de afianzar su poder político.
La situación no se limita a Gaza. También en Estados Unidos, se han visto represalias contra aquellos que han alzado la voz en protesta. Desde 2023, miles de activistas y estudiantes han enfrentado detenciones y amenazas bajo una interpretación conveniente del antisemitismo, mientras ciudadanos extranjeros han sido deportados.
En un contexto aún más amplio, Donald Trump ha prometido resolver los conflictos en Gaza y Ucrania en un tiempo récord, pero su enfoque ha sido más mediático que efectivo. La demagogia en su administración solo ha agudizado la crisis, en lugar de buscar una salida diplomática.
La tragedia actual en Gaza refleja las miserias del poder: la violencia desmedida de Hamás, la brutalidad del gobierno de Netanyahu, la represión en EE. UU. y el oportunismo político de figuras como Trump. Es vital reconocer que condenar todas estas actitudes no es un acto ideológico, sino un imperativo moral que no admite equidistancia.
La lucha por la paz no se logrará si se sigue confundiendo la justicia con la propaganda. La crítica a las acciones de los involucrados no debe interpretarse como odio, y defender la dignidad del pueblo palestino no implica apoyo a Hamás ni rechazo a Israel. La urgencia de claridad es real, especialmente para no traicionar las vidas perdidas en esta contienda.
Olmert lo ha dejado claro: esta guerra no tiene propósito, pero sí responsables identificables que deben rendir cuentas por sus actos.
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