Un ecosistema oculto en las profundidades del océano
La idea de un océano sin vida ha sido considerado un concepto antiguo. A más de 9,000 metros bajo la superficie del mar, donde la presión es aplastante y la oscuridad total, pocos podrían imaginar que existen criaturas complejas. En un ambiente donde las temperaturas están cerca del punto de congelación y la presión supera las 1,000 atmósferas, las expectativas sobre la vida son mínimas. Sin embargo, recientes investigaciones han desafiado esta noción.
Un equipo internacional, utilizando el sumergible tripulado Fendouzhe, realizó una expedición que reveló comunidades biológicas activas en las fosas de Kuriles-Kamchatka y Aleutianas, situadas en el noroeste del océano Pacífico. Este hallazgo, publicado en la revista Nature, presenta ecosistemas complejos que no dependen de la luz solar, sino que son sustentados por reacciones químicas internas de la Tierra. Se han reconocido como “las comunidades basadas en quimiosíntesis más profundas y extensas conocidas hasta la fecha”.
La investigación, que tuvo lugar entre julio y agosto de 2024, cubrió más de 2,500 kilómetros de fondo marino, con un total de 23 inmersiones, de las cuales 19 revelarían hábitats únicos que albergan animales adaptados a condiciones extremas, como gusanos tubícolas y bivalvos. Estos ecosistemas se extienden entre 5,800 y 9,533 metros de profundidad, siendo este último el registro más profundo para una comunidad de este tipo.
Uno de los sitios destacados durante la expedición fue denominado “The Deepest” (“El Más Profundo”), un lugar geológicamente activo donde emergen fluidos ricos en metano y sulfuro de hidrógeno, esenciales para la energía de estas comunidades. En este entorno, los microbios logran realizar quimiosíntesis, transformando compuestos químicos en energía, lo que permite la existencia de gusanos y moluscos que dependen de estas bacterias. Algunas de estas especies conviven en simbiosis, mientras otras se alimentan directamente de ellas.
Un hallazgo particularmente notable ocurrió en el “Wintersweet Valley”, a 9,120 metros de profundidad, donde se avistaron extensiones pobladas por miles de gusanos siboglinidos. Estos organismos, que habitan en tubos emergentes del sedimento, forman verdaderas colonias. Las observaciones indican que la densidad de vida es extraordinaria, con hasta 5,813 gusanos por metro cuadrado en ciertos lugares.
Otro aspecto significativo de la investigación se centra en la geoquímica de las muestras de sedimento, que corroboran que el metano presente en estas zonas es de origen microbiano, resultado de la reducción de dióxido de carbono, llevando la implicación de que existe una red alimenticia más compleja de lo que se había asumido.
Sorprendentemente, la concentración de metano encontrada supera más de 200 veces el nivel de solubilidad teórica, sugiriendo la presencia de bolsas de hidratos de metano, lo que podría constituir una reserva subestimada de carbono en el sistema terrestre.
El estudio plantea importantes cuestionamientos sobre cómo se ha entendido la vida en estas profundidades, sugiriendo que la energía química local es vital, lo que a su vez implica que este sistema podría actuar como un subsidio trófico para otras especies. Las comunidades quimiosintéticas podrían extender su influencia al ecosistema bentónico en general, desafiando las nociones previas sobre los límites de la vida en el océano profundo.
Este descubrimiento no solo abarca implicaciones ecológicas, sino que también tiene repercusiones geológicas y climáticas. Al demostrar que el carbono orgánico puede permanecer en forma de metano en los sedimentos de las fosas, los autores sugieren que una parte del carbono que se creía que regresaba al manto terrestre podría estar almacenada en la corteza superior durante millones de años.
Con estos nuevos hallazgos, los modelos actuales sobre el ciclo del carbono en el océano profundo podrían necesitar ser revisados, abriendo un abanico de posibilidades en el estudio del clima y la geología de nuestro planeta.
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