La muerte casi lo coge orinando. Detuvo la camioneta en la berma de la carretera que de Ibagué conduce a Bogotá, apurado por el exceso de tinto y Coca-Cola que tomó mientras esperaba en una cafetería de la capital tolimense por una fuente que nunca llegó: la esposa de un sargento preso en Tolemaida, la cárcel militar más grande del país. “Debí ir al baño en Ibagué”, pensó. Era primero de mayo, día festivo, y la noche ya comenzaba a asomarse. De espaldas a los esporádicos carros que pasaban se bajó la cremallera y se dispuso a orinar cuando sintió —lo alcanzó a ver de reojo— que un sedán gris se acercó a pocos metros de donde estaba. El hombre que iba en el puesto del copiloto bajó la ventana y gritó “¡Ricardo Calderón!”, antes de apuntar con una pistola y disparar seis veces.
Su reacción fue tirarse hacia el pastizal que tenía enfrente, una leve pendiente donde trató de esconderse como pudo. Pegado al piso, sacó de su pantalón el teléfono, pero no sabía muy bien a quién llamar. Vio el último número marcado, era de un general de la Policía con quien había acordado verse más tarde. Si algo dicen sus amigos es que Calderón no se inmuta con nada, pero sentir la muerte tan cerca agita la vida de cualquiera. Tenía el corazón acelerado y sentía dificultad para respirar. Con el pulso tembloroso, marcó como pudo y sin dar mayor espacio a los detalles le dijo: “Me acaban de disparar”.
No era la primera vez que le había tocado estar cerca de disparos, pero nunca como esa noche. Una vez, años atrás, en un reportaje de varios días por el Catatumbo junto al fotógrafo Guillermo Torres, llevaban varias horas a bordo de un helicóptero Black Hawk, con las dos puertas laterales abiertas, sentados sobre unas cajas de munición que les servían de sillas. El helicóptero estaba escoltando avionetas que realizaban fumigaciones de cultivos de coca en esa región. De un momento a otro, las latas del aparato comenzaron a sonar como si se tratara de una olla de crispetas. Luego vino un estruendo en la parte de abajo y comenzaron a descender. Se agarraron de donde pudieron para no caer al vacío, mientras comenzaba otro ruido ensordecedor, esta vez dentro de la cabina: eran los dos artilleros disparando ráfagas de ametralladora Minigun calibre 50 mientras la aeronave seguía perdiendo altura.
El piloto, que no tenía más de veinticinco años, recuperó hábilmente el control justo cuando iban a tocar las copas de los árboles. Mientras tomaban altura nuevamente, vieron cuatro helicópteros más lanzarse en picada ametrallando la selva para cubrir la retirada. Parecía una escena de Platoon. Al aterrizar, lejos de ahí, comprobaron los impactos que tenía el helicóptero. Por debajo, se veía un hueco enorme producto de un rocket disparado desde un lanzacohetes que, por suerte, estalló contra una lámina blindada. Fue un susto grande, sí, pero no tanto como el que sintió al borde de esa carretera apenas quince minutos después del peaje de Chicoral.
El general le preguntó si estaba bien y si tenía alguna idea de quién había sido. Calderón no lograba organizar sus pensamientos. No sabía bien si los disparos provenían de alguien del Ejército en represalia por lo que había publicado en la revista Semana unos días antes, o de alguien más, algunos de esos malquerientes que ha sabido ganarse por cuenta de un oficio que se convirtió en su razón de ser. Desde su improvisado escondite, a escasos metros de la vía de la que había rodado, lo invadió por segundos una mezcla de rabia, miedo, angustia y ansiedad. ¿Y si los tiradores todavía estaban ahí?
No se veía mucho a su alrededor en medio de la oscuridad, arriba de esa pequeña pendiente por la que acababa de resbalar titilaban las luces y escuchaba el ruido de unos pocos carros que fluían por la vía. Se asomó, sin levantar demasiado la cabeza, para ver si todavía había alguien. A medida que pasaban los minutos, se percató de que el sedán gris con vidrios oscuros ya no estaba. Subió la pendiente con cautela para confirmar que no había nadie. Vio las llaves pegadas al switch y su otro teléfono celular en la silla del copiloto. No se trataba de un robo.
Gracias por leer Columna Digital, puedes seguirnos en Facebook y Twitter, o visitar nuestra pagina oficial.
La nota precedente contiene información del siguiente origen y de nuestra área de redacción.


