Un fenómeno climático de gran magnitud se perfila en el horizonte: las proyecciones indican que “El Niño” podría alcanzar su mayor intensidad en un siglo hacia el último trimestre del año. Las instituciones meteorológicas internacionales, como la WMO y la NOAA, han señalado que las elevadas temperaturas del agua en el océano Pacífico oriental, frente a las costas de Perú, son un claro precursor de este evento. Este fenómeno, cuyo nombre se origina en las festividades religiosas de diciembre de los pescadores peruanos, ha significado históricamente cambios radicales en la climatología global.
Durante fases normales, los vientos alisios empujan las aguas cálidas desde Perú hacia Indonesia, creando condiciones ideales para la pesca y la lluvia en Asia. Sin embargo, con “El Niño”, esos vientos se debilitan, lo que provoca un calentamiento inusual del Pacífico oriental. Las consecuencias son drásticas: lluvias torrenciales en Perú y partes de los Estados Unidos, además de sequías en regiones como Centroamérica, México y partes de África.
El impacto en México promete ser significativo. Se anticipan lluvias intensas en el noroeste del país, abarcando Baja California y Sonora, mientras que el aumento de la temperatura del mar eleva la peligrosidad de los huracanes, especialmente en la región del Pacífico mexicano. Así, lugares ya vulnerables como Acapulco podrían enfrentarse nuevamente a situaciones críticas.
En el centro y sur de México, las preocupaciones son diferentes. La escasez de agua será un problema inminente, afectando incluso al sistema Cutzamala, vital para el suministro de agua de la Ciudad de México. Este fenómeno también influenciará la agricultura de temporal, perjudicando a estados con altos niveles de pobreza como Guerrero y Chiapas, al tiempo que disminuirá los caudales en presas hidroeléctricas fundamentales.
Desafortunadamente, el calentamiento global acentúa esta situación, elevando las concentraciones de CO2 a niveles récord. La temperatura promedio del planeta ha cruzado el umbral crítico de 1.5°C. Este contexto exige una respuesta coherente y decidida del gobierno federal, en un esfuerzo por adaptarse a un clima en constante cambio.
Sin embargo, el panorama es desalentador. La desarticulación de instituciones clave en la gestión de desastres y la falta de inversión en infraestructura hidráulica plantean serias dudas sobre la capacidad del gobierno para afrontar este desafío. Los hechos hablan por sí mismos: “El Niño” se acerca, y el tiempo para actuar se agota.
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