La noche de febrero en Dhaka, la capital de Bangladés, se iluminó con una vibrante manifestación artística durante el 11.º Chobi Mela, un festival de fotografía que ha crecido en relevancia a lo largo de los años. Frente al parlamento, rickshaws decorados de verde y tongas de caballos aguardaban mientras familiares y estudiantes contemplaban imágenes impactantes que retrataban la resistencia de mujeres en una revolución reciente. La instalación, titulada Women in the July Uprising: Essential Then—Why Erased Now?, planteó una pregunta inquietante: ¿qué sucede con la gente después de un levantamiento popular?
En el verano de 2024, tras tres semanas de intensos enfrentamientos que dejaron más de 1,000 muertos, el régimen de Sheikh Hasina, que duró 15 años, fue derrocado. La ola de protestas barrió el complejo parlamentario, marcando un momento de esperanza para muchos bangladesíes. Sin embargo, en menos de dos años, casi 70 millones de ciudadanos acudieron a las urnas, votando en las primeras elecciones libres en casi dos décadas. El resultado confirió nuevamente el poder al Partido Nacionalista de Bangladés (BNP), conocido por su legado político que contrasta con las aspiraciones de cambio que traía la revolución.
A pesar de este retorno a la democracia, la violencia mob en contra de minorías y medios de comunicación ha arrojado sombras sobre el futuro. Activistas como Manisha Chakraborty expresan su desilusión: “El movimiento derrocó al gobierno, pero no ayudó al pueblo”. En este contexto incierto, el arte ha surgido como un medio vital para el discurso crítico. Munem Wasif, co-director del festival Chobi Mela, enfatiza la necesidad de reflejar la realidad social, señalando que, a pesar de los riesgos, no pueden permanecer inactivos.
La instalación Women in the July Uprising narra historias de valentía, donde mujeres jóvenes se unieron a las protestas, desafiando una cultura de miedo. Sin embargo, con el nuevo gobierno bajo el Nobel Muhammad Yunus, la esperanza de un Bangladés 2.0 se disolvió, y la división política germinó entre los revolucionarios. En las últimas elecciones, solo siete mujeres fueron elegidas para un parlamento de 300 miembros mientras que un partido islamista, Jamaat-e-Islami, ganó una representación significativa, lo que representa un retroceso en los avances por los derechos de las mujeres.
La transición desde la autocracia reveló otra dura realidad: más de 1,600 personas “desaparecieron” bajo el régimen de Hasina. El fotógrafo Mosfiqur Rahman Johan ha documentado las historias de estas familias, convirtiendo el sufrimiento y la desesperanza en imágenes que relatan el horror opresor. Tras el derrocamiento, unas pocas personas fueron liberadas de centros secretos, pero muchos culpables siguen en libertad y cientos permanecen desaparecidos.
El nuevo museo conmemorativo de la Revolución de Julio, edificado en las ruinas de la residencia anterior de Hasina, busca esclarecer la verdad y promover la reconciliación histórica. El director del museo, Tanzim Wahab, aboga por una narrativa pluralista, en contraste con el enfoque nacionalista excluyente de la historia que predominó anteriormente. La importancia del arte y la cultura es innegable en este proceso, ya que desempeñan un rol crucial en la construcción de la identidad nacional.
Mientras tanto, las luchas no cesan para los artistas indígenas de Bangladés, quienes ven la “restauración de la democracia” como irrelevante. Jayatu Chakma explica que las promesas de cambio a menudo no incluyen a las comunidades indígenas. En las tierras de los Chakma, donde más de un millón de personas viven bajo la estricta supervisión militar, los artistas enfrentan censura y restricciones. Joydeb Roaja, otro artista indígena, navega por la complicada relación entre su arte y la realidad represiva que lo rodea, creando obras que evocan una profunda crisis de identidad.
La historia reciente de Bangladés es un recordatorio de cómo las revoluciones pueden ofrecer esperanzas, pero también profundizar divisiones y sufrimientos. A medida que el país intenta encontrar su camino hacia adelante, el papel del arte como vehículo de resistencia y reflexión se vuelve más crucial que nunca.
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