Tengo desde niño una relación especial con las salamandras, probablemente las criaturas más elusivas y secretas del bosque, casi invisibles. Me parecen unos seres fascinantes y pese a que sean difíciles de ver, escondidas en sus crepusculares palacios de musgo junto al río, me he encontrado a menudo con ellas. Cuando doy con una, la cojo cuidadosamente y la pongo en la palma de la mano -lo que como veremos no se recomienda, aparte de que es una especie protegida-, maravillándome con su llamativa combinación de negro y amarillo (coloración aposemática, de advertencia), el tacto gomoso de su piel y el misterio y la calidad simbólica que emanan de su pequeño cuerpo frío.
Los bestiarios medievales recogieron sobre todo la creencia de que las salamandras, descritas como lagartos mágicos (en realidad son anfibios urodelos, con cola, por oposición a los anuros, sapos y ranas, sin), eran espíritus del fuego, manifestaciones vivientes de este elemento; Leonardo da Vinci dio crédito a que se alimentaban del fuego y los alquimistas las hicieron símbolo del azufre incombustible. El rey Francisco I de Francia puso una rodeada de fuego en su escudo de armas con la divisa “Vivo en él y lo apago”, sin duda un lema más evocador en su hermetismo que “después de Dios, la casa de Quirós”. El personaje más famoso apodado Salamandra es probablemente el barón John Cutts, militar británico que se ganó convenientemente el sobrenombre por su frialdad bajo el fuego enemigo en el sitio de Namur (1695) y lo ratificó al frente de los guardias de Coldstream (!) ayudando a apagar el incendio de1698 en Whitehall.
Son animales rodeados de leyenda. La más notable es la que los relaciona con el fuego y sostiene que son inmunes a las llamas, como el pyrausta, e incluso capaces de apagarlas. Ya Plinio el Viejo señaló esa mítica propiedad y se cuenta de gobernantes de la antigüedad (y el papa Alejandro III) que vestían túnicas pretendidamente ignífugas hechas de pieles de salamandra, lo que debía ser cosa de verse. Otro mito propagado por el autor romano es el relacionado con su veneno: se dice que si una salamandra te roza cualquier parte del cuerpo se te cae todo el pelo (“quacumque parte corporis humani contacta toti defluunt pili”, por ponernos estupendos); que, de tocar un árbol, provoca que los frutos se hagan tóxicos, y también que vuelve ponzoñosa el agua de un pozo si se mete dentro, lo que habría costado la muerte de la friolera de 4.000 soldados del ejército de Alejandro Magno. Son todo tonterías, claro; yo estaría calvo (y no es el caso), y precisamente una salamandra suele ser indicio de agua pura, fresca y oxigenada: generalmente paren sus larvas (la salamandra común, Salamandra salamandra, es ovovivípara) en corrientes muy limpias.

Salir a buscar salamandras por Viladrau ha sido siempre uno de mis paseos favoritos. En primavera, como ahora, he encontrado muchas veces las larvas, que son acuáticas hasta que hacen la metamorfosis y se vuelven terrestres. En alguna ocasión las he rescatado de un charco, donde la madre las parió de urgencia, imagino que con prisas o sin la alternativa de encontrar una corriente de agua, y las he criado en un terrario hasta que se transformaron en bellísimas miniaturas de los adultos y las devolví al bosque. Las alimentaba con pequeños insectos, babosas o en su defecto trocitos de jamón que agitaba ante ellas pinchados en un palillo para reclamar su atención. Las larvas son feroces e incluso llegan a depredar a sus hermanas. No es raro que alguna pierda una extremidad, que regeneran.
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