Como alguien que va a un examen y se lo sabe todo y sólo quiere hacerlo y quitarse esa ansiedad. Así ha saltado Sandra Sánchez este jueves al tatami del Nippon Budokan, un lugar mágico, el templo de las artes marciales. Y lo hizo a lo grande, medalla de oro frente a la japonesa Kiyou Shimizu. Aunque ambas igualaron en la técnica (19.06), la española mejoró la puntuación de físico (8.46 por o 8.28), por lo que tras realizar las dos karatecas el mismo kata, se declaró que la talaverana era la campeona olímpica con 28.06 por 27.88 de Shimizu. Eran las 20:00 cuando la árbitro señaló hacia su derecha. Hacia Sandra Sánchez, para indicar que había sido oro.
A las 20:50 apareció en la zona mixta todavía incrédula, pegando saltos con los pies, con los ojos, con las manos. Descalza. “¡Lo he hecho! ¡Lo he hecho! Soy campeona olímpica. No me lo creo, no me lo creo, creo que tengo que volver a ver el kata, mirarme por la pantalla y decir: ah pero esa soy yo”. Es ella, sí, tan natural, espontánea, emocionada, feliz, con un subidón tremendo encima. Si le dicen ahora que tiene que irse corriendo a Sapporo, se va corriendo.
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Ella fue la primera en saltar al tatami, Shimizu no vio su kata, estuvo todo el rato de espaldas. Pero Sánchez sí vio el de la rival. “Lo veía y me decía: yo creo que sí, que sí he sido campeona, pero algunas veces me pasó que pensaba que sí y luego fue que no. Sentía que mi kata me había salido super-bien y creía que sí que se podía. Luego miraba la árbitro y pensaba: ‘uy qué despacio viene”. Porque claro, como es pura dinamita, hasta Usain Bolt a ella le parece que va despacio. Cuando en 2018 se proclamó campeona del mundo por primera vez, durmió con la medalla debajo de la almohada. ¿Hoy? “No la voy a soltar ya. Estoy deseando que me la den, tocarla, ver que es mía que soy medalla de oro. Madre mía… es que soy medalla de oro”, repetía antes de ir a la ceremonia de premiación.
Jesús del Moral, su técnico y pareja, el que normalmente la templa, estaba igual de emocionado que ella. “La he abrazado, hemos roto a llorar tanta ha sido la tensión y tantas las emociones, por algún lado tenían que salir. Y como siempre hace antes de cada kata le da palmas en los hombros y en las caderas. “Confiaba tanto en el trabajo que hicimos Jesús y yo que estaba tranquila. Y aunque sabía que tenía factores en contra, sabía que estábamos en Japón y siempre dicen que salir de azul es mejor [ella llevaba el cinturón rojo] dije: bueno ya está, da igual, si hago lo que tengo que hacer, si me dejo el alma en el tatami y les entrego el corazón, lo tienen que valorar. Y eso he hecho”.
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La cara de concentración con la que saltó al tatami casi revienta las pantallas del Nippon Budokan. Tan risueña fuera de su lugar natural como tan seria dentro de él. “Me he querido meter en mi mundo. Confiaba muchísimo al salir al tatami y ha sido decir el nombre del kata [ella hizo el Chatanyara Kushanku] y uffffff, fue dejarme llevar y sacar todo lo que llevaba dentro. Realmente no soy consciente de como han salido todos los movimientos, sé que he terminado el saludo y me sentía bien, feliz. Sentí que allí había dejado el alma, el corazón y todo”. Y se acordó, claro que se acordó, de las duras sesiones en Sierra Nevada en junio en la última concentración antes de volar a Japón, cuando estaba exhausta, pero Del Moral le pedía que repitiera Chatanyara Kushanku. “Una vez más, una más, una más. Y mira, ha merecido la pena”, dice.
Cuando era una niña de cuatro años y decía sentir algo cada vez que pisaba un tatami no paró hasta convencer a sus padres que la llevaran a uno. El profesor les dijo: “Dejadla probar, se le pasará la tontería”. Nunca se le pasó. En su casa, en Talavera de la Reina, a miles y miles de kilómetros de distancia de Tokio, su hermano Paquito, dos años mayor que ella, o montó este jueves una pequeña villa olímpica en la que se juntó toda la familia, todos con la camiseta de Sandra. “Transmítele todo nuestro apoyo”, pedía Serafín, su padre, a través un WhatsApp. A sus padres les había regalado Sandra los billetes de avión para que fueran a Japón a vivir y compartir su emoción desde las gradas. Eso antes de que llegara la pandemia e hiciera que los Juegos se convirtieran en un bunker con los voluntarios y los periodistas como únicos espectadores.
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Una pequeñez en el largo listado de dificultades y obstáculos que superó la karateca a lo largo de su carrera. Y este jueves, del tatami que pisó con la ansiedad de hacerlo bien, como si fuera la selectividad, salió Sandrita, como la llaman sus padres, con un oro enorme que ya la convierte en la más grande aunque Del Moral siga llamándola la pequeñin . Los katas son combates contra rivales imaginarios en los que los jueces valoran la técnica, fuerza, equilibrio y la capacidad de transmitir. La lucha por el metal más valioso ha sido con la rival de los últimos seis años, la japonesa Kiyou Shimizu a la que arrebató el título mundial en Madrid en 2018. Es la primera medalla olímpica en la historia del karate, que nunca había sido incluido en unos Juegos. Y que se despedirá además, porque se ha caído del programa de París 2024.
El oro ha llegado el mismo día del quinto aniversario de matrimonio con Jesús del Moral, su pareja y entrenador, la persona que ella buscó, ajena a que acabarían compartiendo vida, para volver a hacerse karateca. La persona que la llama pequeñina y que, dice ella, le da alas. La persona que primero la puso a prueba para ver si de verdad amaba el kárate y los katas tanto como para dejarse el alma en ello y que luego la hizo cruzar hacia el lado bueno la línea peligrosa en la que la cabeza se debate cuando sientes que pocos creen en ti.
La medalla de Sánchez es la medalla de la tozudez. De haberse pagado las competiciones internacionales con el dinero de la hucha. De haber sufrido tanto que cuando llegó su oportunidad, demostró que ahí estaba para comerse el tatami a bocados y que a partir de ese momento iba a disfrutar y a tomarse la vida con una sonrisa. La mar de contagiosa, además. Desde 2015 no se baja del podio.
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La karateca tiene ahora 39 años. Pisó el tatami por primera vez con cuatro. No se subió a un podio internacional hasta los 32, edad en la que normalmente los karatecas están ya retirados. Desde entonces (2015) lleva 55 medallas seguidas; 56 con la de este jueves, la más importante; la que dijo que la haría llorar, gritar, saltar y reír de alegría después de tantas cosas retenidas. Tardó tanto en subirse a un podio porque estuvo apartada durante varios años.
Con 20, entró en el Centro de Alto Rendimiento (CAR) de Madrid y al mes se marchó porque a su madre le diagnosticaron un cáncer y quería estar cerca de ella. Iba a abandonar la residencia, no las rutinas de entrenamiento. Desde la Federación de entonces le dijeron a su maestro que había desaprovechado su momento. Y tuvo que pelear durante años para demostrar que no era así. “No recibí ningún feedback cuando comenté que me marchaba del CAR, nadie tampoco me llamó después. Fue como si desapareciera”, relató a este periódico.
Siguió entrenándose y compitiendo representando a su club de Talavera, terminó Ciencias del Deporte y con 24 años dejó el kárate y se marchó a Australia. “Veía que no podía llegar a más y empecé a pensar en mi futuro profesional. Con una beca para aprender inglés me fui a Brisbane y me quedé un año. Daba clases de kárate extraescolares”.


