En 2016, Sarah Palin prestó su apoyo a Trump en las primarias de Alaska cuando no muchos creían que pudiese llegar a la Casa Blanca. Ahora Trump le devuelve el favor y es su principal baza en la que quizá sea su última oportunidad de lograr un cargo electo en Washington.
Palin, de 58 años, se presenta a las elecciones legislativas de este martes para ocupar el único puesto de Alaska en la Cámara de Representantes después de haber sido gobernadora del Estado. En 2008, dimitió como gobernadora tras perder las elecciones presidenciales junto a John McCain, que la había escogido para atraer el voto femenino decepcionado con la victoria de Barack Obama contra Hillary Clinton en las primarias demócratas.
Tras su dimisión, la republicana publicó unas memorias, trabajó en varias cadenas de televisión como comentarista y tuvo su propio programa en Alaska, que batió récords de audiencia. Y siguió respaldando el ideario conservador del Tea Party, movimiento que muchos ven como precursor de la radicalización del Partido Republicano que acaba, si es que ha acabado, en Trump. Además, siguió acudiendo como estrella invitada al gran festival derechista de la Conferencia de Acción Política Conservadora, del que ahora Trump es el ídolo indiscutible.
Madre de cinco hijos y abuela de ocho nietos, se divorció en 2019 de su novio del instituto, con el que llevaba 31 años casada. Sus antiguos suegros han asegurado que, aunque adoran a sus nietos, votarán por el rival republicano de Palin, Nick Begich. Alaska es un Estado decididamente republicano, pero Palin no lo tiene fácil. Compite contra su amiga demócrata Mary Peltola, contra su enemigo republicano Nick Begich III —hay enemigos, enemigos mortales y compañeros de partidos, según el dicho— y contra un sistema de voto preferencial que penaliza a las personalidades divisivas como la suya. Si nadie logra el 50% de apoyo, se toma la segunda opción de quienes votaron a los otros candidatos.
Palin se ha quejado amargamente de un método que ha calificado de “estrambótico” y “enrevesado”. “No importa si logras más votos. En realidad, importa si tienes más votos en segundo y tercer lugar”, dijo hace unos meses. Lo comprobó en agosto, cuando se elegía al representante de Alaska solo para cuatro meses por la muerte del republicano Don Young, que llevaba 50 años ocupando el escaño. La división republicana y el fuerte apoyo a Peltola como segunda opción de los votantes de Begich III dieron a los demócratas su primera victoria en medio siglo. La anterior la había conseguido Nick Begich, el abuelo demócrata del ahora candidato republicano, que ganó estando desaparecido tras un accidente de avión y antes de ser declarado oficialmente muerto.
La elección del martes es prácticamente una repetición de la de agosto. Begich ha martilleado constantemente a Palin asegurando que no es una verdadera alasqueña y que solo quiere recuperar la popularidad perdida. Ella apela al voto útil de los republicanos para que no “se cuele” una demócrata, de cuya amistad se enorgullece: “Quiero mucho a Mary Peltola, como amiga, es un encanto, es maravillosa, pero este es un Estado rojo [el color del Partido Republicano]”. Para ello, Palin ha hecho del acercamiento a la gente y la calle su motor de campaña, y confía en el respaldo de Trump y los evangélicos para resarcirse de su derrota de agosto y, de alguna manera, de la de 2008.
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