Los saunas de infrarrojos han experimentado un notable aumento en popularidad, a pesar de que, en esencia, no son saunas en el sentido tradicional. A simple vista, se asemejan a las saunas convencionales, con paneles de madera y bancos, pero ofrecen una serie de diferencias significativas, tanto en su funcionamiento como en sus beneficios para la salud.
Una de las razones de su creciente presencia en gimnasios, clubes de bienestar y estudios de entrenamiento de alta intensidad (HIIT) es su practicidad. Las saunas de infrarrojos generan significativamente menos calor que las tradicionales, lo que las convierte en un espacio más cómodo para aquellos que no desean participar en la experiencia de sudoración intensa. Además, el sector del bienestar tiende a adoptar innovaciones que son atractivas y seguras, evitando así cualquier riesgo que podría conllevar el uso de fuego.
En términos de funcionamiento, las saunas tradicionales, como las finlandesas, utilizan un fuego para calentar piedras, las cuales a su vez calientan el aire del interior. Pueden alcanzar temperaturas de entre 150 y 220 grados Fahrenheit. Por otro lado, las saunas de infrarrojos emplean paneles cerámicos o metálicos que emiten luz infrarroja, lo que permite que el calor se dirija directamente al cuerpo, manteniendo temperaturas más suaves, de entre 100 y 165 grados, mientras aún brindan una sensación similar a la de una sauna convencional.
Ambos tipos de saunas poseen beneficios comunes, como la mejora de la circulación, la relajación y la recuperación. De hecho, estudios han indicado que tanto las saunas tradicionales como las de infrarrojos pueden ayudar a reducir la presión arterial. Sin embargo, existen diferencias que pueden influir en la elección entre una u otra según los objetivos individuales.
Las investigaciones han demostrado que las saunas tradicionales están más asociadas con la salud cardiovascular. Un estudio finlandés de 2015 reveló que el uso de saunas se relaciona con un menor riesgo de enfermedades cardiovasculares y mortalidad. Recientemente, un estudio comparativo encontró que, aunque las saunas de infrarrojos son beneficiosas, no logran elevar la temperatura corporal de manera tan efectiva como las tradicionales, lo que repercute en sus efectos sobre la salud del corazón. Las saunas de infrarrojos podrían requerir un uso prolongado para experimentar beneficios significativos en este ámbito.
Por otro lado, cuando se trata del cuidado de la piel, las saunas de infrarrojos pueden ser la opción más recomendable. A diferencia de las tradicionales, que no contribuyen significativamente a la desintoxicación de la piel, la energía de las saunas de infrarrojos penetra más profundamente, ayudando a limpiar y revitalizar la piel.
En conclusión, tanto las saunas tradicionales como las de infrarrojos ofrecen ventajas únicas que pueden satisfacer diferentes necesidades y preferencias. Aunque en 2026 se continúa investigando sobre sus beneficios, lo cierto es que cada tipo tiene características que pueden ser más adecuadas según los objetivos de salud o bienestar del individuo.
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