En un mundo en el que los mapas políticos y éticos se redibujan en tiempo real, las palabras pierden su significado original: democracia, soberanía, derechos humanos, migración… El orden internacional se desmorona mientras la hipervigilancia, la militarización y los discursos supremacistas avanzan sin tregua.
Los migrantes, especialmente los mexicanos en Estados Unidos, enfrentan un escenario de persecución sin precedentes. La política migratoria endurecida durante el régimen de Donald Trump derivó en detenciones masivas, condiciones inhumanas y centros de reclusión comparables a campos de concentración, tanto dentro de EE. UU. como en países subcontratados. El sueño americano se ha vuelto pesadilla. “Lo menos malo que puede pasarte es que te deporten”, señala la amarga realidad de millones.
La frase de Chavela Vargas, “los mexicanos nacemos donde se nos pega la rechingada gana”, cobra hoy un tono desafiante y trágico. La movilidad mexicana ha gravitado históricamente hacia el norte, pero ahora se encuentra con un sistema que criminaliza y castiga. La distopía ha llegado. Ya no se trata de ficción: helicópteros sobrevolando barrios latinos en Los Ángeles, drones y algoritmos de vigilancia que reproducen en clave occidental la ocupación y represión que sufren los palestinos desde hace décadas.
Mientras tanto, en Gaza, cada ataque se convierte en demostración tecnológica. Las armas de última generación se prueban “en campo” como si se tratara de una feria de exhibición letal. La guerra se vuelve negocio, el sufrimiento humano, una estrategia de marketing militar.
En este panorama, Israel se consolida como un Estado moderno, militarizado y supremacista, respaldado por gobiernos ricos del norte global. El sionismo, como doctrina política, ha mutado en un aparato implacable, mientras las consecuencias se expanden: refugiados en Siria, Líbano, Jordania; tensión creciente con Irán. El conflicto deja ver una peligrosa arrogancia internacional: el chantaje de un solo Estado ha conseguido un poder sin precedentes.
Las comparaciones históricas se vuelven insuficientes. El Holocausto, que una vez sirvió como referencia moral, ha sido desvirtuado en la narrativa contemporánea. Ya no hay profecías ni lecciones del pasado que valgan. El mundo de hoy —nuclear, conectado, vigilado— no se parece a nada. Las “grandes explicaciones” han caducado, y con ellas también el pensamiento crítico parece flaquear.
La guerra en Ucrania, la amenaza nuclear entre India y Pakistán, la pasividad de organismos internacionales y la complicidad de potencias económicas alimentan el caos. Las democracias callan, las autocracias negocian, y las grandes corporaciones —bancos, mineras, tecnológicas— se enriquecen.
Vivimos en una hipocresía estructural: se habla de paz mientras se financian conflictos; se invocan derechos humanos mientras se suprimen en Gaza, Cisjordania o Los Ángeles. El “sur global” entero se ha vuelto invadible. La humanidad, de nuevo, se aproxima a un umbral de colapso. Pero esta vez no hay mariposa que aletee: hay inteligencia artificial, satélites espías y decisiones a puerta cerrada.
La Jornada invita a cuestionar, desmontar las explicaciones fáciles, y a repensar desde cero. El pasado no se repite. El presente se impone con una brutalidad inédita. Y si no despertamos, solo nos quedará decir: “Se veía venir”.
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