El Congreso se presenta como la catedral de la democracia, un espacio donde los diputados y diputadas son la voz de la pluralidad ciudadana y materializan la voluntad popular a través del debate. Sin embargo, en la actualidad, este entorno parece haber sido transformado en una extensión de redes sociales como TikTok, donde la seriedad de la representación a menudo se diluye en la búsqueda de likes y viralidad.
Recientemente, una diputada se dirigió a sus representados con un tono de reprimenda tras las declaraciones de un influencer y un polémico comentarista, personas que han captado la atención del público por sus provocativos discursos. Lamentablemente, el hemiciclo estaba casi vacío, lo que sugiere que el Parlamento podría estar funcionando más como un escenario para las redes que como un auténtico foro democrático. Este fenómeno ha sido definido por observadores como “charobait” y “fachabait”, un ejemplo claro de cómo ideales agotadores son transformados en productos mediáticos que mantienen a la ciudadanía en un constante estado de indignación.
La diputada, con un enfoque casi pedagógico, parece abogar por un mundo en el que todos piensen y actúen de acuerdo a su visión, deseando un entorno sin crímenes ni violencia, sino lleno de respeto y cordialidad. Para ella, esta aspiración se sostiene en la educación cívica y la vigilancia sobre aquellos que expresan ideas controvertidas. Este enfoque radical se traduce en un llamado a la conformidad; las personas deben convertirse en “NPC” (non playable characters), personajes de videojuegos cuyas acciones están predeterminadas e inalterables, lo que sugiere una renuncia a la libertad de pensamiento.
Este tipo de mentalidad se abordó previamente en obras de filósofos como Ortega y Gasset, quien señalaba la comodidad de una visión simplista del mundo social. Argumentaba que es fácil idealizar una sociedad perfecta, pero esta visión a menudo ignora la complejidad de la realidad. La búsqueda de un mundo en el que todos actúen de manera uniforme no solo es poco realista, sino que también sugiere una falta de entendimiento sobre la naturaleza humana.
Nietzsche también exploró estas dinámicas sociales al referirse a los “sacerdotes ascéticos”, un concepto que, al ser modernizado, se puede describir como “aestheticos”. Estas son las figuras que constantemente critican y buscan imponer una moralidad única, pero que a menudo caen en contradicciones al no vivir según los estándares que predican. Este dilema, según Nietzsche, es un reflejo de una búsqueda perversa de culpabilidad, donde la imposición de ideales puede resultar en una sociedad deshumanizada.
A medida que la comunicación digital avanza, la proliferación de estos “aestheticos” en redes sociales y espacios públicos podría constituir una amenaza para la diversidad de pensamiento y la autenticidad de la democracia. Al buscar un mundo ideal basado en la conformidad, se ignoran las pasiones y las fallas que son, en última instancia, componentes intrínsecos de la condición humana.
La visión utópica de unos pocos debería ser un motivo de reflexión en lugar de un modelo a seguir. La diversidad de pensamientos y experiencias es lo que nutre a una sociedad vibrante y democrática, y un enfoque que excluye la imperfección podría conducir a una homogeneidad peligrosa. Un mundo en el que se condicione la libertad de pensamiento a la aceptación de ideas simplistas no es un mundo en el que todos deseen vivir.
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