Hace unos días, se llevó a cabo una conferencia en la Universidad de Colorado que reunió a un diverso grupo de participantes, incluyendo representantes de estados, tribus indígenas, agencias gubernamentales y organizaciones civiles. Durante dos días, el enfoque se centró en el futuro del río Colorado, una de las cuencas más cruciales de Norteamérica. Los asistentes debatieron sobre posibles mecanismos para enfrentar la creciente crisis de agua, discutiendo modelos de consumo, mejoras en la infraestructura, reducción de asignaciones y reglas de operación entre usuarios.
Mientras seguía la discusión, surgía una pregunta fundamental: ¿será suficiente llegar a acuerdos para manejar la escasez, o es necesario un diálogo más profundo que aborde los desafíos estructurales de la cuenca? Durante más de un siglo, el debate central ha girado en torno a la distribución del agua. El título de un libro clásico sobre esta cuenca, “Dividing the Waters”, refleja esta lógica de reparto. La meta ha sido controlar la demanda, lo que ha permitido la creación de leyes, tratados e instituciones que han impulsado el desarrollo urbano e industrial en una de las regiones más áridas de América del Norte.
Sin embargo, el contexto del siglo XXI presenta desafíos más complejos. La conversación actual no puede simplificarse a un río abundante cuya agua debe dividirse equitativamente. Hoy, enfrentamos un escenario caracterizado por temperaturas en aumento, disminución de escorrentías y una incertidumbre hídrica que nos obliga a reconsiderar creencias arraigadas. Al explorar la relación entre México y Estados Unidos en este contexto, se notó que se dedicaron muchos esfuerzos a discutir los mecanismos para alcanzar consensos, mientras que el objetivo final de esos acuerdos —una cuenca resiliente— parecía pasar desapercibido.
Este enfoque puede parecer sutil, pero encierra diferencias significativas. La gestión de la escasez típicamente se centra en cómo distribuir las pérdidas, mientras que el diálogo para construir resiliencia se orienta a mejorar el desempeño de los ecosistemas que sustentan la disponibilidad de agua. La primera respuesta administra las consecuencias, mientras que la segunda busca transformar las condiciones.
Los temas tradicionalmente secundarios cobran relevancia en esta conversación renovada. La transformación del modelo agrícola, la salud de los suelos, la restauración de ecosistemas ribereños y la gestión conjunta de la salinidad y aguas subterráneas son cruciales para abordar la crisis. En el ámbito agrícola, durante décadas, los suelos han sido considerados como meros activos de extracción, con el enfoque en maximizar la producción a corto plazo. Ahora es evidente que nuestra futura productividad depende de la capacidad para regenerar estos suelos, vitales para conservar humedad y asegurar la producción incluso en condiciones adversas.
Por otro lado, los ecosistemas como los corredores ribereños y humedales son esenciales no sólo para la biodiversidad, sino también como infraestructura ecológica para mitigar los efectos del cambio climático. Tienen un papel determinante en el funcionamiento de la cuenca y su salud general.
La pregunta que definió el siglo XX fue cómo dividir las aguas; ahora, la pregunta del siglo XXI debe ser: ¿cómo construimos una resiliencia compartida en una cuenca donde el cambio natural ha superado la capacidad de las instituciones diseñadas para gestionarla? Este nuevo enfoque requiere de un entendimiento más profundo que contemple no solo la distribución de recursos, sino la regeneración y el cuidado de la fuente misma de la vida: el agua.
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