El panorama de la salud en México está en medio de un cambio significativo, marcado por iniciativas recientes que buscan sanar un sistema debilitado durante décadas. Durante la “mañanera” del martes pasado, se reveló que el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) ha instalado 42 modernos tomógrafos, mientras que el ISSSTE ha ampliado su red de telemedicina; de este último se ha pasado de 239 a 859 unidades conectadas, con un aumento notable en la capacidad de atención.
Cuatro mil seiscientos ocho millones de pesos han sido transferidos a 8,483 unidades médicas a través del programa “La Clínica es Nuestra”. Lo que se presenta como una transformación del sistema de salud por parte de la presidenta Claudia Sheinbaum, tiene además un trasfondo que merece análisis.
El contexto es alarmante. México cuenta con únicamente una cama hospitalaria por cada 1,000 habitantes, en contraposición al promedio de 4.2 camas en países de la OCDE. La situación se complica aún más con solo 2.7 médicos por cada mil habitantes y tres enfermeras, frente a promedios mucho más altos en el ámbito internacional. La inversión en salud en el país, que ronda el 5.9% del PIB, dista considerablemente del 9% que se observa en la OCDE.
Este rezago en la infraestructura y recursos de salud no es resultado exclusivo del actual gobierno, pues se arrastra desde al menos los años 80. La historia revela que entre 1943 y 1982 se instalaron 29,000 camas en el IMSS, mientras que de 1983 a 2018 apenas se añadieron 4,000 más. Además, desde la creación del sistema de salud pública, el presupuesto ha sido insuficiente, dejando a una gran parte de la población sin acceso asegurado a servicios médicos.
Si bien la presidenta enfrenta un sistema deteriorado, los esfuerzos visibles desde 2024 son un indicativo de que se busca un enfoque más técnico y eficiente. Se proyecta la construcción de 12,000 camas adicionales para el IMSS y la formación de cerca de 19,000 médicos residentes, una medida a largo plazo que dará frutos a partir de 2029.
Aunque estos pasos son significativos, existe una preocupación subyacente. Mientras que se forman nuevos médicos, el número de tutores y quirófanos debe crecer proporcionalmente para asegurar una calidad de atención en el futuro. Así, el desafío principal radica no solo en la creación de infraestructura, sino en garantizar que esta sea operativa y efectiva.
Es imperativo reconocer que el problema del IMSS y el ISSSTE no se limita a la carga financiera de patrones y trabajadores. Esta situación es el reflejo de décadas de inversión escasa por parte del gobierno federal. En cuanto a la población sin seguridad social, su atención se convirtió en una promesa constitucional no cumplida que, desde 1983, ha carecido del presupuesto necesario.
A medida que se implementan estas reformas, el verdadero reto será medir los resultados. Desde tiempos de espera hasta la capacidad operativa de camas, cada cifra hablará del progreso o estancamiento en el sector salud. Si las promesas de mejora se traducen en resultados tangibles, podría ser el inicio del sistema de salud que los mexicanos han esperado durante tanto tiempo.
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