Simone Biles ha revolucionado la forma –la fuerza y las acrobacias han dejado en segundo plano la gimnasia de la perfección del gesto técnico como objetivo absoluto—y el fondo de la gimnasia artística femenina, y las gimnastas ya no son niñas que se callan asustadas, sino mujeres con voz. Y las deportistas son felices. Y cuando oyen la palabra gimnasia la mayoría de las personas la asocian a la imagen de una mujer dando saltos sobre un potro o haciendo cabriolas sobre el suelo con muelles de un gimnasio, y no a la de un Cristo en las anillas como Blume o a un japonés felino sobre los aros de un caballo.
“Gracias a Simone ya empiezas a ver cómo la gente te dice, ostras, gimnasia, qué guay…”, dice la gimnasta española Laura Bechdeju. “Es inalcanzable como campeona, pero no nos eclipsa, al contrario, nos da más luz, y nosotras vamos trabajando para poder eclipsar algún día a los demás, o a nuestro país… Gracias a ella se está dando a conocer que la gimnasia mola muchísimo”.

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La gimnasia femenina ha cambiado. Han cambiado los entrenadores y la forma en que trataban a deportistas en la mayoría de los casos en edad infantil, y han cambiado las gimnastas, dueñas ahora de su autoestima y de la palabra. Han abolido el modelo tan admirado de Bela Karolyi, el entrenador que a fuerza de golpes físicos y de humillaciones morales y públicas más parecidas al bullying que a una relación sana, revolucionó los métodos de entrenamiento, produjo a la fenomenal Nadia Comaneci y se convirtió en referencia para los técnicos de todo el mundo, ellos mismos exgimnastas criados y madurados con el mismo tratamiento que ponía como objetivo número uno la delgadez casi anoréxica de las gimnastas y la consideración de la comida como veneno.
“Simone ha sacado la gimnasia femenina de los estereotipos de toda la vida, de la órbita”, dice la olímpica española Marina González. “Se puede ser alta, baja, más pequeña, más mayor… Hoy [por el domingo pasado] hemos competido Chusovitina, con 46 años, y niñas de 16 que también nos dan un repaso algunas… Lo bueno de la gimnasia es eso, puedes ser de cualquier tipo físico o de edad, puedes hacer lo que quieras”.
Todo comenzó en 2016 con un escándalo en Estados Unidos, la denuncia por abusos sexuales al médico del equipo norteamericano Larry Nassar contra el que más de 260 gimnastas se atrevieron a declarar, en un juicio que terminó con una condena a más de 200 años de cárcel.
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Las voces levantaron un viento que recorrió todo el mundo liberando las lenguas de gimnastas en diferentes países que nunca se habían atrevido a denunciar, y una gimnasta sobre todas, la número uno, la mejor de la historia, no se quedó de lado. Simone Biles finalmente declaró que ella también había sufrido abusos por parte de Nassar y se comprometió a seguir en la gimnasia entre otras cosas para ayudar a todas las gimnastas a hablar y ser escuchadas, y para denunciar a todas las autoridades que permitieron y alentaron tales conductas. Sería impensable ahora la falta de apoyo que padeció unos años la gimnasta española Gloria Viseras cuando denunció los abusos a que había sido sometida por el entrenador Jesús Carballo. Su voz apenas tuvo eco, y mínimo apoyo, sofocada por las voces oficiales y la negativa de la federación a profundizar la investigación.
Simone Biles es la única víctima de Nassar que sigue en activo. Es la líder a quienes todas miran, a quien admiran por su fortaleza física y psicológica. En abril de 2020, Biles estaba entrenando cuando se anunció oficialmente el aplazamiento de los Juegos. Cuenta que inmediatamente se fue a un rincón del gimnasio y comenzó a llorar. No se veía capaz de aguantar un año más. Pasó días de depresión, de falta de sueño, de tristeza. Viajó, se compró una casa, se echó novio, se olvidó de la gimnasia unas semanas, y volvió, aunque siempre una preguntita le taladra el cerebelo constantemente y así lo cuenta a veces: “Fuera de la gimnasia, ¿quién soy yo? Aún me estoy buscando”.



