Este verano, el Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC) será objeto de revisión, un proceso que se remonta a la decisión del expresidente estadounidense Donald Trump de modificar el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), establecido en 1994 bajo la dirección de los entonces líderes de México, Estados Unidos y Canadá: Salinas de Gortari, Bush y Mulroney. Desde la implementación del TLCAN hasta la actualidad, la política liberal ha sido la guía maestra del comercio exterior mexicano.
Las exportaciones de México han crecido de manera notable, pasando de 60 mil millones de dólares en 1994, lo cual representaba el 11.5% del PIB, a 664 mil millones de dólares en 2025, constituyendo el 36.7% del producto interno bruto. Mientras que en 1994 gran parte de estas exportaciones eran de petróleo, en el contexto de 2025, solo 21 mil millones de dólares provienen de hidrocarburos. Este incremento resalta la consolidación de México como uno de los principales países exportadores, ocupando el rol de principal proveedor de bienes y servicios para la economía número uno del mundo. Para poner esto en perspectiva, el 83% de nuestras ventas aún se dirigen hacia Estados Unidos.
Un aspecto crucial del liberalismo comercial es que el 91% de las exportaciones son manufacturas, lo que añade un mayor valor a lo que México exporta en comparación con productos de bajo valor agregado. De hecho, el T-MEC ha sido fundamental, generando 12 millones de puestos de trabajo para 2025.
Los gobiernos que han sido calificados de “neoliberales” establecieron las bases para que México se convirtiera en un país productivo a gran escala, capaz de generar millones de empleos. En un giro irónico, el actual gobierno de izquierda se enfrenta al desafío de defender el tratado comercial con Norteamérica en un contexto donde no se ha desarrollado un modelo económico alternativo con fuerte enfoque interno.
En términos claros, es el T-MEC el que ha ayudado a México a evitar una recesión económica en 2025 y sigue siendo un pilar esencial de la economía. La revisión del tratado llega con una condición ineludible: una subordinación implícita a los intereses de su principal socio. Esta situación, aunque disfrazada de colaborativa, revela que el gobierno mexicano deberá ceder en varios aspectos clave.
Uno de los puntos de presión más significativos es la imposición de reglas de origen más estrictas, que limitan el acceso de productos de terceros, como los textiles y metales de China, al mercado estadounidense. Asimismo, se exige un compromiso irrenunciable en la compartición de minerales raros, esenciales para el futuro económico y tecnológico. Además, hay una necesidad apremiante de alinear la política comercial mexicana con los intereses de Estados Unidos.
Aceptar estas condiciones es crucial para mantener la integridad del tratado en la medida de lo posible, teniendo en cuenta que la renegociación del T-MEC implicó la pérdida de beneficios obtenidos bajo el TLCAN hace seis años.
La situación actual pone de manifiesto la dependencia que México aún tiene de su relación comercial con Estados Unidos. Solo el tiempo dirá cómo se desarrollarán estas negociaciones y cuál será su impacto en la economía mexicana.
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