El desmantelamiento de la estructura democrática en el país ha sido un proceso observable en los años recientes, generando un régimen autoritario que se nutre de la eliminación de las instituciones fundamentales que sostienen la democracia representativa. En este contexto, el poder unipersonal ha sustituido las regulaciones que mitigaban el absolutismo, reflejando una falta de mecanismos que limiten la voluntad presidencial.
Las decisiones gubernamentales, por lo tanto, dependen casi exclusivamente de la improvisación de cada funcionario, regidas solo por las directrices que emanan de Palacio Nacional. Este sistema ha puesto en marcha las “correas de transmisión” del presidencialismo, donde la autoridad emanada del presidente se ejecuta sin cuestionamientos.
Un ejemplo notable de esta dinámica se evidenció en la reciente sesión de la Comisión Permanente, donde los liderazgos impulsados por el actual presidente tras la elección de su sucesora, Claudia Sheinbaum, han generado confusión y fragmentación. Los precandidatos como Marcelo Ebrard, Adán Augusto López, Ricardo Monreal y Gerardo Fernández Noroña, poseen agendas propias, divergiendo de la unidad necesaria para apoyar a la nueva líder.
Para restaurar un funcionamiento adecuado del presidencialismo absoluto que se ha reinstalado, sería necesario reintegrar la regla que permitiera al presidente saliente seleccionar a su sucesor, pero limitando su influencia en el nuevo gobierno, lo que a su vez podría fomentar una movilidad política dentro de la clase morenista y prevenir divisiones que resulten en la pérdida del poder.
No obstante, se observa que la destrucción de las instituciones democráticas no ha conducido a una forma autoritaria estable o sostenible. En cambio, el país ha caído en una competencia feroz entre caudillos, que se centran en intereses particulares más que en un proyecto común. La incapacidad del líder máximo para gestionar las ambiciones de sus seguidores, compuestos por exmiembros del PRI, provoca incertidumbre en el ámbito político. Compararlo con figuras históricas como Lázaro Cárdenas se vuelve una referencia inadecuada, dado que los morenistas parecen carecer de una visión compartida sobre la colaboración política.
En medio de esta crisis política, el país ha enfrentado siete años de estancamiento económico, inmerso en un contexto marcado por la violencia diaria, corrupción y abusos de poder. Esta realidad pone de manifiesto la profunda descomposición social y la ausencia de un sistema de justicia que proteja a una ciudadanía que hoy se encuentra vulnerable ante un poder cada vez más absoluto. Las dinámicas actuales plantean serias preguntas sobre el futuro y la dirección política del país.
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