La historia de la explotación territorial en México ha estado marcada por injusticias que se remontan a la época colonial. En el territorio mixe-zoqueano, el despojo de tierras comenzó con el conquistador Hernán Cortés, quien recibió el título de marqués del Valle de Oaxaca. La socióloga Josefa Sánchez Contreras ha destacado este proceso en el contexto de la opresión ejercida por el imperio español.
La región, dividida entre los estados actuales de Chiapas, Oaxaca, Veracruz y Tabasco, vio cómo se establecieron ganaderías y trapiches a instancias de religiosos dominicos. Esta explotación no solo afectó los ecosistemas locales, sino que también provocó un severo impacto social al emplear mano de obra indígena mediante las encomiendas.
Sánchez Contreras, que ha escrito sobre la problemática del colonialismo ambiental, señala que la extracción de recursos como la madera por el río Coatzacoalcos fue un aspecto significativo de esta explotación. Las maderas, transportadas hasta puertos como el de Veracruz, jugaron un papel esencial en la construcción de navíos europeos, facilitando la navegación en el Atlántico.
El colonialismo no se limitó a la extracción de recursos. La explotación de cultivos como la grana cochinilla y el cacao se consolidó a lo largo de tres siglos, afectando gravemente fabricas locales y comunidades indígenas. A pesar de esto, el pueblo mixe-zoqueano luchó por preservar sus tierras comunales, logrando que, a finales del siglo XVII, la corona española reconociera más de 600 mil hectáreas de su propiedad. Sin embargo, este reconocimiento fue desmantelado durante el siglo XIX con la formación del Estado-nación.
Contrario a la visión monolítica que a menudo se presenta en la historiografía nacionalista, la caída de Tenochtitlan en 1521 no significó la sumisión total de los pueblos indígenas de México. Los relatos históricos han tendido a simplificar y homogenizar la diversidad cultural y la resistencia persistente de estas comunidades.
La reflexión sobre estos hechos históricos es vital para entender las luchas actuales por la tierra y la identidad en México. La memoria de estas injusticias continúa viva, instando a las generaciones presentes a reconocer y abordar las desigualdades que todavía afectan a los pueblos originarios.
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